Pensando la Polis desde la Jungla

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El otro Incendio.

No es casualidad que el fuego convierta en cenizas casi todo lo que toca. La combustión que llevamos dentro es el ingrediente perfecto para encender aún más la llama. Si es así, cada pucho, cada porro, cada cosa que prendemos para consumir,  refleja  en lo profundo ese amor por el calor, ese deseo por lo que arde. Pero, calor, fuego y ardor no son lo mismo. Representan grados de un mismo discurso, símbolos de una sensación parecida.DSC09880

Fuego: Es la imagen tele-mesianica del momento. Es el símbolo destructivo por antonomasia. Desde el ave fénix hasta la Moneda (Casa de Gobierno). Desde ese encendedor prendiendo PBC en la población Huamachuco, hasta la llama olímpica que circula. Representa vida y muerte de lo etéreo. Es también lema y elemento venerado,  verbo de lo consumido, pues en él termina el esfuerzo de lo producido.

Calor: Sensación. Puente sináptico de lo acontecido. Es el efecto que descompone, físicamente una elevación de energía. En lo interno es el deseo, que sucumbe en las sabanas apocalípticas del verano. Eres tú y yo, recordando esas gloriosas jornadas. Es el secreto del bosque que acoge la cabaña, guardando celosamente su potencial amenaza. Percepción confusa de todo aquello que atrae, diluye, destruye. Elevación corporal. Inflamación de aquello que resiste. Yo mismo, ellos. Todos los seres que dicen estar vivos. Algunos incluso que necesitan gritar en páginas sociales que realmente viven.

Ardor, arder: Síntesis de fuego y calor. Fantasía de Nerón. Imaginario anarquista. Combustión pura creativa. Es aquello en cuyo brillo algunos arrojan sus problemas y otros elevan sus ideales abrazándolo, inmolándose. Pues la llama esta viva, algo la azuza por dentro. Así nos aturdimos, nos empequeñecemos, nos elevamos en presencia de aquello que se consume. Luz merecedora de noche y aterradora de día. Bosque ardiente inútil e innecesario para los pretéritos colonos. Bosque ardiente, útil y necesario para nuestros empresarios.

Por supuesto convendría realizar unas tantas analogías más y entregarse al culto erudito excusándose inmediatamente a la RAE. Pero como lo que escribimos y lo que leemos no sigue normas, ni textos, no comprende citas, más que de nuestro propio fuego. Conviene más bien, decir, que  nuestra pluma  arde con academicismo, teoría, o significados. Convenciones para hacer de este mundo una palabra, una sustancia menos aterradora. Vale lo anterior para la desestructuración del lenguaje/realidad y con ello interpretar en lo que viene los últimos eventos traumáticos en el país.

Es indudable el efecto prensa, el efecto de la palabra y la imagen sobre nosotros. Ya no es cosa de algunos medios oficiales y otros no tanto que transmiten discursos. Hoy con un teléfono y multimedia todos podemos saltar del anonimato. Lo importante aquí es tener el don de la teatralidad y apuntar a nuestra emocionalidad. Formula archiconocida desde antaño que se trabaja aún más en países acostumbrados a las catástrofes. Vale decir aquí,  que cada siniestro, cada terremoto, temporal, incendio, nevazón, tsunami etc. Se explota al borde del paroxismo, hasta la crudeza de hacer parir la tierra (a punta de ceremonias) el diablo escondido en sus entrañas.DSC09877

Corre el chileno entonces despavorido, buscando ayuda o dándola. Un país entero, un espíritu nacional se agiganta. Por aquí, por allá se descubre al pirómano, cuya cara de empresario o simple vulgo esquizofrénico se tacha en las esquinas. Las explicaciones van y vienen, son las forestales, es el mapuche, el vecino de enfrente, son los indigentes. Es el castigo divino para nuestra babilonia chilensis.

Los más decididos ya buscaran culpables. Por ahora nos dicen, la prioridad es apagar el incendio. De la otra esquina los disruptivos elaboran complejas teorías para allanar el estallido social. Unos y otros se esperan, se apalean. Aunque también unos y otros buscan su tribuna ya sea en la acción (Político o voluntario combativo) o en alguna columna de opinión o muro de Facebook. Se habla sin más al voleo, del avión, los voluntarios, el eucaliptus, el secano costero. Todo parece estar confabulado para la catástrofe. El fuego, el ardor, el calor pasa a un segundo plano, son vidas humanas, poderes, influencias que se enfrentan en aquel terreno arrasado.

 La naturaleza de pronto cobra vida, el pino ya no es bosque, sino forestal. El agua, el lecho de rió, es camión cisterna. La brisa pasa a ser nudos de viento. Los extranjeros ya no son paria, si no hermanos, el ruso comunista a amigo. Y así miles de realidades, de palabras aparecen en nuestro discurso. Nuestros profesionales de la comunicación se asombran por los nuevos conceptos aprendidos. Cada catástrofe educa al pueblo, todo lo que toca la prensa se manosea hasta que por osmosis penetra  el intelecto.

Un eterno retorno vivido en cada siniestro, pero nadie saca lecciones de todo esto, pues lo que vende, lo inmediato, es la guerra, la lucha, la desaparición, la combustión, lo que quema. Tal cual el caño o el cigarro consumido,  tal cual nos ha enseñado nuestro sistema educativo. Claro, nos acordamos de educación ambiental, cívica, política etc. Cuando los eucaliptus, los pinos yacen en cenizas. De los derechos cuando ya han sido avasallados. De los otros, cuando solo enseñamos competencia y éxito como fines últimos.

¿Solidaridad? encubierta, reprimida más bien por un deseo de figurar, mitigando nuestras culpas de aquella irracionalidad con la que vivimos a diario. Campañas que venden, que reproducen valores en los cuales ya nadie cree. Fuego, ardor, calor, preguntémosle a nuestros jóvenes que representan ellos en su lenguaje.  La mayoría desconocen cualquier concepto de ecología. Solo es una forma de destrucción, una forma de consumo, un bosque en llamas, tal cual el último de ellos, el más desfavorecido, aquel pastero de la esquina. Ese que no recibió rescate de ningún lado, donde calor,  ardor y fuego, es uno solo: el verdadero incendio en la tierra.

¿Pero que rodeo hemos dado para caer aquí? Hablamos de llamas, de calor, de  incendios, para terminar en uno que con suerte conoce hasta San Bernardo. ¿Qué extraña vuelta para denunciar  la pobreza, la vulneración, el abuso?

Pues no es tan descabellado considerar la educación, como la piedra angular para enfrentar, solucionar e incluso generar catástrofes. No es casualidad lo que sucede. Lo que muestra la televisión, la reacción de un pueblo sin instrucción. Les aseguro que una clase de hombres en este momento ríe de nuestra ignorancia. Son todos ellos, los que eligen como debemos ser desde la cuna. Seleccionando tipos de púberes para mandar, para trabajar, para delinquir, para incendiar desde la esquizofrenia mental.

 Una realidad puesta en el lenguaje del bombero, del profesor, del periodista, del títere político que exalta el patriotismo en cada catástrofe ¿Pero dónde está aquella solidaridad con los miles de incendios en carne viva que habitan nuestro país? No se ve por ningún lado. 40 años con una educación centrada en la diferencia, cuyos valores del buen pobre, del buen cristiano, nos mantienen aquí, apagando fuegos que nadie ve. Jóvenes inmolados día a día, sin esperanza, familias completas. Genealogías carcelarias que se repiten en el tiempo.

Fuego, ardor, calor son intrínsecos de una cultura que hace rato se encuentra en llamas. Así, solo nos queda emborracharnos, drogarnos para escapar del voraz siniestro que prende nuestras entrañas. Y eso hacemos, cada fin de semana, de extremo a extremo, de rincón en rincón, pues se nos ha instruido para esto. Pequeñas bombas de odio, de individualidad y envidia circulan por el pais, empuñando la espada del emprendimiento, del crecimiento, de la falsa humanidad.

Partamos por reconocer nuestro problema, nuestras deficiencias educativas, desde la instrucción del espíritu, ya en valores, ya en derechos. Un incendio, un fantasma recorre nuestra tierra. Es el espectro del egoísmo capitalista que nadie ve, pues se ha humanizado, hasta el punto que el bosque, los animales, las casas valen más que la carne de aquel que se incendia en estos momentos en millares de esquinas.