Pensando la Polis desde la Jungla

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Elegimos MEMORIA…

El olvido como segunda derrota.

«Jamás puede hablarse de “dos demonios”, porque el “otro demonio” es la necesidad, la igualdad, el derecho, la educación, la salud; el “otro demonio” está en las villas, está en esos chicos que no pueden estudiar, ese es el “otro demonio”»[1]

 1. Sobre las reivindicaciones que naufragan (en) la memoria

images2Roque Dalton nos expresa con una belleza incandescente que “un revolucionario acepta todo tipo de clandestinidades, excepto la clandestinidad moral”. Consigna que debiese resultar más que un lema para quien cree que, al menos una parte de su cometido como ser humano, es asaltar (critica o prácticamente) el orden y configuración de las estructuras socio-económicas existentes. Enfrentarse a un modo de producción y distribución de la vida que nos ha llevado a un desbarranco ético tan brutal, que ya nadie se sorprende al escuchar que más de la mitad de la humanidad vive con menos de un dólar diario o que el trabajo infantil de nuestros días sobrepasa los números del esclavismo en su siglo de mayor auge.

Debemos entonces abogar por un oficio crítico que justifique su labor al explicitar la transitoriedad inherente a toda fase económico-social, transparentando su permanente movimiento, sus causas motrices (humano-históricas y no divino-eternas) y el significado de que “todo lo construido se desvanece, tarde o temprano, en el aire”. Una posición que le aconseje al hombre mantener los guantes de la historia bien puestos, para volver, una y otra vez, a levantar esa faena que nos pertenece a todos por igual.

La acción práctica por su lado, debe correlacionar esta crítica necesaria con la irrupción concreta en el orden real de las cosas. Debe, a la vez de hacerla carne, protegerla y redireccionarla cada vez que ella (la crítica) tienda a encerrarse en sí misma como causa y efecto, como medio y como fin. Anudar con nudo chino la función crítica con la subversión práctica. La función crítica debe denunciar y la ves proponer, debe ser contrahegemónica y comunitaria; la acción práctica debe hacer y crear, destruir y fundar. Debe tomar de la mano a la acción crítica y no soltarla, para juntas hacer el recorrido desde el reino de la necesidad hacia el reino de la libertad, pero esta vez, sin tropiezos infantiles debido a las anteojeras positivistas, la cojera reformista o el extravío en el laberinto de la tupida maleza ideológica.

He insistido ya en otros escritos de lo necesario de un análisis de la realidad sociopolítica chilena bajo estas categorías. De observarla en su movimiento a largo plazo y en su devenir histórico, para entender, con más asertividad, los aconteceres, aciertos y desaciertos de la lucha hoy palpitante. Estudiar y comprender la rueda y el freno de las distintas luchas reivindicativas: desde las independentistas y nacionalistas-revolucionarias de principios del siglo XIX, hasta las primeras organizaciones sindicales con conciencia política y clasista a comienzos del siglo pasado; desde los movimientos obreros liderados por Recabarren, hasta los diversos conglomerados socialistas y las heterogéneas tendencias anarquistas.

Se debe, a la par, analizar los diversos episodios totalitarios de los que hemos sido víctimas (Pinochet no es el único pop-star de los asesinos chilensis), los sistemáticos aplastamientos de los movimientos sociales, la mutilación reiterativa de los conglomerados populares que han intentado democratiza Chile a través de asambleas constituyentes y plebiscitos que, a punta de bayoneta, llegaron solo a ser ensangrentadas propuestas. Cómo, a lo largo de estos 200 años, la oligarquía agraria y la burguesía industrial (que con su espíritu pasivo frente a la invasión de capitales extranjeros fue incapaz de luchar por reivindicaciones nacionales y solo aspiró a quedar lo mejor acomodada dentro de reparto ingles primero, y americano después) se han esmerado permanentemente en ahogar, mediante el terrorismo sistemático de Estado, todo recurso popular por construir un Chile desde abajo. Como, al volver la mirada hacia atrás, se hace cada vez más evidente que nunca el pueblo ha sido parte del proceso de construcción de Estado, y más aun, como ese proyecto, además de ignorarlo como actor social, es formulado precisamente para legitimar e institucionalizar su explotación.[2] Función administrativo-represiva que cuando las emergentes clases dominantes estaban demasiado ocupadas en sus salones para realizarla o no contaban con la suficiente fuerza política para mantener el statu quo de desigualdad, era delegada a la siempre “libertadora” marcha marcial, que con sus tropas desclasadas, no dudaban en poner orden (a cualquier costo) a la revuelta popular que estaba llevando a la patria a un barranco sin fondo.

Por eso no podemos ni debemos mirar adelante sin mirar atrás. No podemos ni debemos avanzar sin ser conscientes de nuestra historia, de nuestros triunfos y de nuestras sangrientas derrotas. No podemos pronunciar los nombres de los nuevos dirigentes y militantes ejemplares de la clase obrera o del estudiantado, sin tener tatuados en la frente los nombres de los que antes ocuparon sus lugares, de los que otrora se pararon rebeldes frente a la multitud cuando no había youtube para denunciar la violencia o mensajes de textos para coordinar el repliegue, cuando los lumasos y los chorros de aguas servidas estaban lejos de ser el mayor peligro, cuando los desaparecidos se contaban de a miles.

Estos dos conceptos, tratados brevemente, el de la unidad critico-practica y de la memoria histórica, me llevan irremediablemente a pensar en dos posibles breves hipótesis de discusión:

a. Hay reivindicaciones mínimas de justicia social y dignidad humana que en Chile no han sido exigidas con el compromiso y la fuerza transversal necesaria para que su exigencia deje de ser testimonial o responda, coyunturalmente, a ciertas fechas conmemorativas. 

b. El mirar hacia atrás y exigir justicia y castigo por los abusos de ayer, no implica “quedarse en el pasado” o renunciar a la promoción de nuevas formas de lucha de acuerdo a la permanente reestructuración del sometimiento capitalista.

Respecto al primer punto, me refiero concretamente a la incapacidad que hemos tenido como pueblo de llevar a cabo las verdaderas exigencias de condena y justicia hacia los culpables del mayor genocidio que hemos sufrido a lo largo de nuestra historia. No es necesario realizar una investigación de campo para darnos cuenta que, objetivamente, no hemos elevado lo suficiente esas consignas, ni como estudiantes, ni como trabajadores, ni como ciudadanos. No se trata en dejarles todo el trabajo a los familiares de los detenidos desaparecidos, no basta con recordar a los hermanos Vergara una vez al año, no es suficiente erigir un muro con los nombres de las victimas en el Cementerio General.

Lo que en Chile ocurre es que la apatía cortoplacista nos derrota permanentemente (cortoplacista hacia atrás y hacia delante), de ahí que se pueda concebir que uno de los movimientos más grandes de las últimas décadas no tenga consignas de ajusticiamiento a los asesinos y cómplices de esos 17 años de terror. Pinochet se murió impune, y el único que fue capaz de juzgarlo fue un juez extranjero que hoy es condenado por sus pares. Los torturadores de Villa Grimaldi siguen vivos y descansaban, hasta hace poco, en la más impune comodidad de algún departamento de Apoquindo (el asesino Marcelo Moren Brito por ejemplo) o ejerciendo como alcaldes, reelectos y aclamados, en algún municipio de Plaza Italia para arriba.[3]

No puede ser que en 20 años de gobierno de “centro izquierda”, no se haya hecho un JUICIO SOCIAL a los culpables. No sirve la simple “reparación” o las diversas comisiones. No basta que los hijos de torturados reciban migajas monetarias o facilidades para estudiar y  acceder a la salud. Un movimiento social consciente, altruista y orgánico no puede dejar de lado estas consignas. Pero, penosamente aquí, como nos ayuda a graficar el Historiador popular Gabriel Salazar: “Insisten en que todo está bien, que estamos creciendo al 6% (…) razón por la que estamos blindados contra la crisis financiera mundial…somos líderes en América Latina y miembro con honores del selecto club neoliberal OCDE…que, por todo esto, podemos y debemos olvidar el pasado y, sobre todo reconciliarnos y unirnos para asegurar el futuro…debemos, por eso, juntar las estatuas de Carrera y O’Higgins, para simbolizar nuestra patriótica fraternidad…¡Y olvidar la Caravana de la Muerte, los fusilamientos de Pisagua, la incineración de campesinos en los hornos de Lonquén, la masacre de campesinos en Paine, los miles de torturados de Villa Grimaldi, las vejaciones de Londres 38, los horrores del centro de tortura de la calle Simón Bolívar, la violación de mujeres por perros policiales, el asesinato de los hermanos Vergara…!¿Olvidar el rostro descompuesto del asesino principal, el de los aprendices de dictador rindiéndole honores en Chacarillas, el de los que retozan en el resort de Punta Peuco, el de los oficiales que usaron el corvo para sacar ojos de los prisioneros?!…”[4]

2. Memorias diversas de un solo continente

/El engaño y la complicidad de los genocidas que están sueltos, el indulto y el punto final a las bestias de aquel infierno/todo está guardado en la memoria, sueño de la vida y la historia/la memoria despierta para herir a los pueblos dormidos que no la dejan vivir libre como el viento/[5]

Quizás es un buen momento para mirar para el lado y aprender de nuestros vecinos. Argentina, por ejemplo, más allá del juicio que podamos hacer sobre la verdadera cualidad revolucionaria de su gobierno o sobre su carácter nacional reformista, al menos sí tiene claro que los asesinos deben ser juzgados y que aquella «promesa» debe sobrepasar una simple, vacía y populista consigna de campaña. Al otro lado de la cordillera, el Dictador Jorge Rafael Videla y sus verdugos, han sido condenados a prisión perpetua ya dos veces: la primera en la transición a la democracia entre 1983-1984, (años más tarde indultados por el corrupto traficante de armas y geisha del imperialismo Carlos Saúl Menem) y este año, bajo el «Estado de Bienestar» de nuevo tipo, erigido a nombre del peronismo, de Cristina Fernández de Kirchner. Parece ser, que allá en Argentina, sí se asume y se trabaja en torno al problema de los derechos humanos, y por eso, a cualquier argentino le resultaría francamente inconcebible la pasividad abúlica con la que los chilenos asumimos la real trascendencia de esta cuestión.

Esta contraposición responde a la necesidad de aclarar y dialogar acerca del pasado-presente político y social, no solo de Chile, sino de un continente entero. Reflexionar sobre el pasado de violencia y tortura, fragmentación de la identidad regional y destrucción de la cultura de nuestros pueblos llevada a cabo por las distintas tiranías respaldadas por el imperialismo norteamericano en Latinoamérica. Es dentro de esa problemática, que el caso particular de Chile, acusa un trato aun insuficiente frente a los, lamentablemente diversos, casos de violaciones a los derechos humanos en la historia de las continuas represiones y castraciones de los procesos sociales y sus movimientos populares. Pisamos un territorio en donde la memoria, y la deliberación en torno a ella, pocas veces ha recibido un trato que se proyecte más allá de la elaboración de documentales conmemorativos, libros testimoniales y series transmitidas por TV. Registros y miradas que ofrecen al espectador-lector más preguntas que respuestas, dejando la sensación de que lo observado-leído versa sobre un tema difuso, gris, problemático y por tanto inabarcable, o en un sentido opuesto pero no lejano, como algo intrascendente para la cómoda y artificial conformación del diario vivir.

La elaboración de esta hipótesis valorativa busca respaldo en la comparación de este fenómeno, presente en la realidad chilena, con la de países cercanos y de experiencias políticas similares. De ahí el valor del ejemplo Argentino, donde el material audiovisual, literario e histórico es abundante, diverso, serio, sistemático y crudamente directo.[6] Se encuentran allí, creaciones artísticas e intelectuales que no intentan “ser neutrales” en el trato de estos temas, pues hay conciencia de que su objeto de trabajo se gesta en situaciones que, lo último que requieren a la hora de estudiarlas y exponerlas, es una cuota de imparcialidad.[7] Allí, como ocurre hoy en muchos lugares de Nuestra América, no hay temor ni se cree que se está adoptando un enfoque conflictivo cuando un gobierno, un pueblo o un individuo, toma una posición transparente y crítica frente a la violación de los derechos humanos y por tanto a favor de esclarecer la verdad y de juzgar social y criminalmente a los culpables.

Si bien, el parámetro a seguir no debe asimilarse a través de la simple imitación, al menos no se debe temer contagiarse de la saludable ausencia de aquellas extremas “precauciones” o prejuicios frente a la adopción de una postura “oficialista” que condene y repudie los episodios de lesa humanidad. Aquí o allá, necesitamos igualmente de una sociedad y una clase política que sea capaz de juzgar a los culpables al mismo tiempo que potencia el dialogo en y con la población para enfrentar estos temas y procurar, mediante la conciencia crítica, el pluralismo ético y la educación, que estos hechos no vuelvan a ocurrir.[8]

Este y otros ejemplos demuestran respecto a Chile, que no se es necesariamente un gobierno demagogo o “populista”  al expresar con voz firme que en esta historia si hubo criminales de Estado y genocidas, si hubo violación, tortura y muerte. Ese reconocimiento, es más bien, la marcha necesaria que una sociedad debe transitar si quiere salir de ese parasitario estado frente a la historia que busca la reconciliación de las clases mediante la codificación de lo sucedido como algo “anecdótico” o como un desenlace inevitable de “la gran diferencia de visiones sobre el país” que alguna vez tuvieron nuestros padres y de la cual es mejor no tomar parte y guardar silencio. En Chile, la llamada neutralidad de la mirada u objetividad del proceder cognoscitivo, es más bien la condecoración del reluciente triunfo de la visión progresista burguesa que utiliza la historia obscura de nuestro país como obra de museo o como fragmento del vitral de nuestra historia lineal y positiva. Trozo histórico que una vez cosificado se transforma, para la “progresista” clase dominante, en una carta llena de sentimentalismo cada vez que su candidatura política tambalea o la baja en la aprobación de la opinión pública así lo requiere. Para ellos la violación de los derechos humanos piadosamente se encubre con un patriótico manto de esperanzas futuras…”[9]

Sostengo por último, que la hegemonía del positivismo histórico y del concepto vacuo y servil de progreso que no requiere mirar atrás para avanzar, están arraigados hasta las entrañas en Chile y son ya parte de la cultura hegemónica que los lustrabotas de la historia pos-dictatorial se han encargado de sacarle el brillo necesario para evangelizarlo como el único método histórico. Chile resulta ser entonces, un país donde los que se entrometen en estos temas, con reales ansias de aclarar y profundizar la razones (o sinrazones) de estos abusos, así como reconstruir y desenterrar la necesaria historiografía testimonial, son vistos como bichos raros que pierden su tiempo en noticias “que ya no son noticias” o como simples resentidos que aun no son lo suficientemente “civilizados” para cerrar las heridas, perdonar y mirar hacia ese «futuro» que la maquina capitalista tan gentilmente nos ofrece.

 3. “La política deliberada de ocultar y tergiversar nuestra historia, se realiza para que nosotros no podamos tener futuro, porque no hay ninguna posibilidad de crecer hacia adelante si no tenemos raíces hacia abajo y hacia atrás”.[10]

Aquí en Chile se cree, penosamente, que con la muerte de Pinochet se fueron al infierno todos los restantes culpables y que la historia de la dictadura se acabo en el mismo instante en que se cerró la puerta de ese ataúd. Pero eso no es ni puede ser así. Los jueces no pueden ser los gusanos que carcomen asqueados el cadáver del dictador. Los ajusticiadores debemos ser nosotros, el pueblo que va a depositar flores azarosamente, a cualquier tumba, de ese patio 29 en que yacemos todos. Debemos materializar nuestro desacato frente a la actitud tetrapléjica de nuestra (en realidad, de ellos) justicia y clase política.

Lamentablemente, el genocidio llevado a cabo por los militares, apoyado y financiado por poderosos sectores sociales de nuestro país y por el gobierno de los Estados Unidos, solo sirve para rellenar los mal empastados libros de historia de la lucrativa educación media nacional. Un gran porcentaje de chilenos no sabe cuántos compatriotas fueron brutalmente asesinados, desaparecidos, violados y tratados como animales. El sentido común nos dice que “allá en Argentina fueron peores, pues llegaron a 30.000, en cambio nosotros solo fuimos algo así como 5.000”.  Pero en Chile las victimas de lesa humanidad alcanzaron cifras muy superiores a los 25.000, y eso, sin racionalizar el hecho de que contamos con un tercio de la población trasandina. [11]

¿Cómo se explica la capitulación de la sociedad chilena ante este escenario de muerte y terror? A ratos, parece que en este país no se puede hablar ni decir nada que no esté estrictamente en boga, no se puede salir con la foto de algún detenido desaparecido porque “la marcha de hoy es contra la educación de mercado”, o no se puede enarbolar una consigna abogando por juicio y castigo a los verdaderos culpables, porque la marcha estaba organizada bajo la única consigna de “renuncia al ministro de educación” y hacer eso sería un acto desubicado y anacrónico.

No podemos emocionarnos con canciones que versan sobre el “nunca más” si no tenemos real conciencia e información de lo ahí denotado, si no tenemos en nuestras mentes los rostros de los verdaderos asesinos, si no dialogamos humanamente sobre los verdaderos hechos, causas y consecuencias. Si esto no ocurre, la historia oscura de Chile se volverá pura verborrea histórico-metafísica en donde los culpables, las cusas y las victimas, serán solo un nebuloso conjunto de números y nombres vistos fugazmente en los noticiarios.

Ningún movimiento social, libre y pujante, radical y sincero, puede dejar abandonadas estas consignas en la bodega del fondo. No podemos exigir una mejor educación si convivimos con seres humanos que a la primera orden dejaron de serlo y fueron capaces de convertirse en monstruos siniestros que introducían ratas en las vaginas de mujeres de su mismo Chile.

La memoria es tan importante como la capacidad de innovar y reconfigurarse al interior de los movimientos sociales. No podemos quedarnos anquilosados en el pasado, pero tampoco podemos dar saltos como canguros en el sendero curvilíneo de la historia social. No son dos Chiles distintos, no son capítulos inconexos de libros desconocidos. La juventud debe tener conciencia de esto y, los que ya no lo somos tanto, debemos tener la dignidad de asumir nuestra insuficiencia al pasar por alto estas reivindicaciones necesarias para sanar, de una vez por todas, la herida (precariamente vendada) que todos conocen y manosean.

El problema de la violación sistemática de los derechos humanos no es una miniserie entre “esas mujeres de negro que cargan la foto pálida de sus familiares y los tribunales de justicia”, es una pelea verdadera entre los que defienden la vida y los que justifican la muerte y la tortura. Es una lucha de todos, porque el padre, hijo o hermano de cualquiera de nosotros, pudo haber estado colgando en esa fotografía en blanco y negro.

Los tiempos han cambiado, es cierto, las luchas parecen modificarse en su forma y la injusticia parece pintarse de distintos colores para nunca ser advertida concretamente, pero eso no quiere decir que debamos olvidar lo esencial. Si bien no podemos renegar de las herramientas que nos entregan las formas masivas de comunicación, tampoco podemos dedicarnos a luchar solo a través de ellas. No debemos perder de vista el provenir al rastrear las huellas de las luchas pasadas, pero tampoco podemos volvernos meros autómatas cuantificadores de los cuerpos mutilados que llenaron hasta el techo este angosto pasillo sudamericano.

Nuestra lucha no solo debe girar en torno a los cuadernos y los lápices, debe tener horizontes obreros, de clase, que enarbole objetivos político-económicos, sin olvidar nunca los humano-éticos. No podemos ser indiferentes a nuestro pasado, no podemos dejarle todo a la taciturna justicia, mientras los asesinos de siempre se pasean comprando frutas en algún balneario del litoral central o se mueren como héroes llorados por un asombrosamente alto porcentaje de siniestros ciudadanos.

Debemos traer a los muertos del olvido, debemos luchar con el empuje de ellos, debemos aprender de lo que vivieron y horrorizarnos día a día de lo que los hombres son capaces de hacerles a otros hombres. Debemos empezar a construir una sociedad nueva, pero ella debe comenzar con la justicia de la añeja. No podemos cerrar la tranquera de la historia con el pestillo de la justicia burguesa que olvida como indulta e indulta como olvida. Si la historia la hacen los pueblos, dicha obra debe comenzar con la liberación de la memoria, de nuestra memoria,  del sarcófago momificante de los vencedores.                                                                              

Fernando Sacamuelas.

Octubre 2012.

 

[1]Testimonio de René Clavijo, miembro de los movimientos populares en las villas miserias durante la dictadura militar en Argentina. Hoy pertenece al movimiento de villas y barrios carenciados. Extraído del documental “Cazadores de Utopías” de David Blaustein.

[2] Para profundizar esta idea, véase: SALAZAR, Gabriel. “En el nombre del Poder Popular Constituyente (Chile, Siglo XXI)” Ed. LOM, 1ra edición, Chile, 2011, pág. 11.

[3] Marcelo Luis Manuel Moren Brito, coronel en retiro del ejército chileno, actualmente convicto, ex agente de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) en la cual fue jefe de la Brigada Caupolicán. El 10 de septiembre de 1973 fue enviado a Santiago con un conjunto de tropas a cargo para apoyar el golpe militar, donde participó activamente en la ocupación militar de la Universidad Técnica del Estado, lugar donde fue detenido entre otros Víctor Jara. Conocido como el “Coronta” o el “Ronco” Moren Brito está asociado a algunas de las acciones más crueles de la represión contra los disidentes de la dictadura de Augusto Pinochet.

Al alcalde que hago referencia es el actual edil de la comuna de Providencia Cristian Labbé Galilea, Coronel (R) que prestó servicio como encargado de seguridad de Augusto Pinochet mientras era agente de la DINA, policía secreta al inicio del régimen militar a la que se acusa de un inmenso número de detenciones, desapariciones, torturas y muertes.

[4] SALAZAR op.cit pág. 10.

[5] Extracto de la canción “La Memoria”, del álbum Bandidos Rurales del cantautor argentino León Gieco.

[6]Véase por ejemplo: Cine: Operación masacre, La noche de los lápices, Crónica de una fuga; Documentales: Cazadores de Utopías, 24 de marzo, La masacre de Trelew, entre muchos otros ejemplos. Imposible dejar de mencionar el valiente trabajo literario de Rodolfo Walsh.

[7] Precisamente, al comienzo del ya citado documental “Cazadores de Utopías”, se presenta el siguiente epígrafe: “la recuperación de nuestra memoria no podría ser desapasionada ni imparcial”.

[8]Va más allá de enumerar o hacer referencia específica a las diversas propuestas sociales y políticas, o a los interesantes  trabajos culturales elaborados en Argentina como forma de asumir(se) este drama social. Se trata, sin embargo, de la válida presunción de que el día en que el dictador Videla fallezca, es remotamente probable que parte de la población argentina saldrá a la calle a despedirlo con tristeza.

[9] SALAZAR op.cit pág. 11

[10]Testimonio de Gonzalo Leónidas Chávez, Argentino, miembro de la resistencia sindical clandestina en la década de los 70` y 80`. Extraído del documental “Cazadores de Utopías” de David Blaustein.

[11]Tras el Golpe de Estado en Chile, fueron cometidas sistemáticas violaciones a los derechos humanos, registrándose al menos 28.259 víctimas de prisión política y tortura, 2.298 ejecutados y 1.209 detenidos desaparecidos. Información presente en: 1.Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. «Nómina de personas reconocidas como víctimas». 2. Instituto Nacional de Derechos Humanos. «Informe de la Comisión Presidencial Asesora para la Calificación de Detenidos Desaparecidos, Ejecutados Políticos y Víctimas de Prisión Política y Tortura». 3. Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación. «Informe – Tomo 2».