Pensando la Polis desde la Jungla

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La rehabilitación como conversación (Parte I)

“Saber consiste en referir el lenguaje al lenguaje”  Michel Foucault

Por Mario Muñoz Mendez

La presentación que sigue se basa en la premisa de que rehabilitar es, básica y esencialmente, conversar. 

imagesPosiblemente, cuando pensamos en rehabilitación respecto de nuestros sujetos de atención nos vienen a la cabeza instituciones, talleres, complejas metodologías a veces  excluyentes unas de otras.  Sin  embargo, la posición que aquí presentamos es bastante más elemental: para rehabilitar hay que conversar, independiente de lo que paralela o posteriormente hagamos con los “beneficiarios” o sujetos atendidos. Más allá, o más acá, de los artilugios que pensamos y fantaseamos como estrategias o mecanismos de rehabilitación siempre está la conversación entre el rehabilitador y el “rehabilitando”, como el agua entre los peces, como el aire entre los pájaros. Alguien dijo alguna vez: “nunca sucede que no suceda nada”. Trasladando esta afirmación a las esferas de nuestro quehacer, deberíamos decir: “nunca sucede que, dentro de los contextos de encuentro entre rehabilitador y beneficiarios, no conversemos y -aunque no lo hagamos- ello también es significativo”. images

La conversación es como la música: se compone de melodías y armonías tanto como de silencios. La acepción que damos aquí a la palabra conversación es a la vez trivial y trascendente: es la conversación nuestra de cada día, la inocente o intencionada conversación a través de la cual generamos realidades con otros, legitimándolas, objetivándolas, mistificándolas y, a la vez, desmitificándolas. Es por la conversación que reconocemos a un otro -”beneficiario” en este caso- como un interlocutor legítimo, y es también la conversación el medio por el cual podemos menoscabar u ocultar al otro.

 Me ha parecido importante en esta ocasión “conversar acerca de la conversación” con ustedes por dos razones principales:

a) porque me asiste la creencia de que rehabilitar es conversar y ello no resulta un hecho inocente o irrelevante para los resultados finales de un proceso de rehabilitación (proceso de conversaciones), y

b) porque atender a nuestras conversaciones, y a las coordinaciones para la acción que a través de ellas generamos, es un cambio que requiere poco gasto de recursos, es un mínimo cambio en nuestra manera de mirar al otro, y de mirarnos en la relación con el otro, que puede resultar muy económico, al menos en términos comparativos.

En consecuencia, creo que las preguntas que cabe plantearse durante un proceso de rehabilitación son las siguientes:

 1.- ¿Para qué conversar?

2.- ¿Cuándo conversar?

3.- ¿Cómo conversar?

4.- ¿Con quién o quiénes conversar?

5.- ¿Dónde conversar?

6.- ¿Acerca de qué tópicos conversar?

7.- ¿De qué no conversar?

8.- ¿Cuándo dejar de conversar?

 1.-  ¿Para qué conversar?

Lo hacemos para co-definir con el otro(a)(s), en una relación dialógica, los objetivos a alcanzar.  A través de la definición de estos objetivos vamos co-construyendo, re-historiando las explicaciones de la realidad de nuestro interlocutor.  Con frecuencia, los “problemas” suelen estar en las explicaciones que de ellos hacemos, y en las explicaciones está el lenguaje.  Retomando las palabras, entonces, podremos ir generando nuevas narrativas, nuevos acuerdos, nuevos consensos, en definitiva, nuevas explicaciones.  Esta nueva realidad co-construida podrá alcanzar las historias personales, las historias familiares e, incluso, las historias sociales[1].

 También lo hacemos para desmitificarnos como salvadores y para lograr el desarrollo del sentido de “competencia del sí mismo”. Esta será una relación directamente proporcional: mientras más actuemos como “salvadores” generaremos mayor sentido de incompetencia en el sujeto-objeto de salvación. Inversamente, si reconocemos las competencias (capacidades y potencialidades) de nuestro interlocutor, actuamos como facilitadores de un proceso que, necesariamente, nos sitúa a su lado y que no nos obliga a salvar o a modelar al otro a nuestra imagen y semejanza.

¿Por qué un joven participa en un grupo de esquina, muchas veces asociado a pares con conductas explícitamente trasgresoras?  Sostenemos la tesis de que prioritariamente lo hace porque allí es donde se siente competente, en contraste con otros espacios sociales donde se le niega la participación y el reconocimiento. Se siente competente en los códigos de comunicación e identidad, capaz de “versar” con sus iguales (con-versar) en un mundo de significados compartidos.

En definitiva, conversar será generar campos de significados que harán posible la interacción conjunta.  La interlocución o reflexión crítica  con nuestros “beneficiarios” será el vehículo hacia el conocimiento del otro y la modificación de sus explicaciones y conductas.  H. Maturana plantea, en relación a todo lo anterior que, “…uno, en tanto sujeto estructuralmente determinado (…) no puede diferenciar sus ilusiones de sus percepciones salvo si las comparte mediante el lenguaje, en una confrontación dialogante  con otros (…).  Entonces, mis ilusiones y mis percepciones son ciertas en la medida  en que son aceptadas como tales por un grupo significativo en el conjunto de una dinámica social consensual”.  Simultáneamente, y complementando lo anterior, J. Barudy sostiene que “…toda definición de la realidad es la manera particular que cada persona tiene de diferenciar y explicar los fenómenos que la afectan, y ello en el marco de sus referencias sociales y culturales, entonces debemos aceptar la idea de que existen tantas definiciones de la realidad,  al igual que problemas y soluciones, como personas”.  En este proceso dialéctico -individual y colectivo- nos inscribiremos como agentes de cambio (“rehabilitadores”), conversando para elaborar nuevas definiciones, para contrastar  ilusiones de percepciones, para sondear distintas maneras de resolver los problemas, para ir generando consensos a partir de la diversidad.

 2.- ¿Cuándo conversar?

 Con frecuencia pensamos que el proceso de rehabilitación ha comenzado cuando el sujeto llega a nosotros (profesionales, instituciones).  Sostenemos, sin embargo, que el proceso se ha iniciado antes de ese momento: cuando el joven ha tomado su primer contacto con el aparato policial-judicial-asistencial, se ha mantenido “conversaciones” que posteriormente no serán irrelevantes.  En este sentido , planteamos que debemos hacernos cargo de ese proceso, aun siendo anterior a nosotros en el mundo del sujeto-beneficiario.  El interrogatorio policial, la declaración extra-judicial “libre y espontánea”, las preguntas y respuestas ante el tramitador judicial, ante la asistente social y/o psicólogo, etc. marcan un estilo de relación , circunscriben los vocabularios, modificando el verbo y los sustantivos.  La subjetividad del otro -nuestro buen beneficiario-  nos será negada si no nos situamos en el momento en que aparecemos en la vida de él.  Si el periplo ha sido largo, probablemente nos será difícil la conversación.  Pero nos será aún más difícil si no nos hacemos cargo de ello, aunque la responsabilidad final no recaiga en nosotros.

 Aunque el cuándo se inicia la conversación no lo decidamos nosotros (profesionales, instituciones), ya que por lo general habrá una derivación judicial o institucional, algo podremos hacer.  Se ha comprobado que mientras menos “conversados” lleguen los casos (sujetos, familias) más productivas serán nuestras conversaciones y, a la inversa, mientras más manos o bocas institucionales estén en la historia de cada caso, más dificultades encontraremos, por el imperativo incumplido de la consistencia en las narrativas.

Lo ideal sería, entonces, conversar siempre antes, una vez iniciado el periplo institucional que suele “beneficiar” a nuestros sujetos atendidos.  Pero como ello suele  no ocurrir así, sino más bien al revés, debiéramos tener, al menos, cautela respecto de nuestros diagnósticos, por dos razones : a) no podemos comenzar a diagnosticar ingenuamente un caso que ha estado siendo atendido por otras instituciones -quizá demasiadas- antes que nosotros y, b) porque diagnosticar no es inocente : siempre intervenimos, afectamos la realidad   del otro, no sólo porque al hablar generamos nuevas realidades sino, además, por la contextualidad donde se sitúa el acto de habla.  Las instituciones  en el marco del cual realizamos nuestras conversaciones definen las reglas, procedimientos y uso de los enunciados verbales.  Hablar, preguntar, afirmar, opinar, no será  inocente.  El poder de las palabras no radicará solamente  en la  fuerza de su enunciación, sino también en las condiciones sociales del uso del discurso (S. Martinic, 1992).  La asimetría  de poder entre dos hablantes pone en cuestión la autenticidad de las palabras y, por lo tanto, de las emociones y pensamientos transados entre ambos a través del  habla.

 3.- ¿ Cómo conversar ?

 En una relación de poder no simétrica, no horizontal, actuamos como terapeutas, como rehabilitadores, como salvadores del otro.  Sostenemos que la postura apropiada es la de “facilitador”, para que el otro (persona, familia) movilice y active sus propios recursos personales y/o culturales. Sin desconocer la imposibilidad de una relación perfectamente igualitaria, parece ser factible el actuar facilitando un proceso de  (rehabilitación) explicitando el contexto de este proceso (social, institucional) con fin a promover las potencialidades del otro en la resolución de sus problemas.

 Al explicitar la relación dentro de un particular contexto, se puede otorgar importancia al vínculo “facilitador-sujeto de atención”, en tanto suele constituirse en un vehículo del cambio esperado[2].

J. Barudy plantea: “…el camino (…) con una familia es, ante todo, un encuentro convivencial que empieza por la aceptación de las definiciones aportadas por cada miembro -y/o conjunto de la familia- del o de los problemas y alternativas de solución.  El proceso continúa con un intercambio de nuestras lecturas y modelos de solución (…).  Todo ello con el fin de obtener una nueva construcción de la realidad que permita a la familia practicar lecturas nuevas de su situación  y de sus problemas junto a comportamientos alternativos en las soluciones”.  Esta conversación llevada a cabo en un tiempo presente se complementa con las estrategias de enfrentamiento a problemas ensayados en el pasado, con las soluciones intentadas y que, en su momento, contribuyeron a aliviar el problema o dificultades, o a re-definirlo en el presente.  Recoger las soluciones intentadas -parcialmente exitosas o no- nos revela las atribuciones de los problemas, las explicaciones de éstos y, virtualmente, nos circunscribe un ámbito de soluciones posibles.  No recoger las soluciones intentadas, inversamente, nos sitúa en una posición de expertos que desconocen los recursos del otro, que lo debilitan como persona o grupo ante sí mismo.  (Corolario : “estábamos equivocados”).

Promover, a través del conversar, cambios demasiado rápidos en la organización familiar, o en el enfrentamiento vital del sujeto respecto de su contexto de vida será muchas veces extremadamente amenazante. No es infrecuente que los cambios demasiados drásticos resulten contraproducentes, por alguna ley vinculada al equilibrio interno de los sistemas y a la inercia de los mismos.  Las metas u objetivos mínimos suelen ser mucho más realistas y productivos.  Sumados uno a uno, dentro de un proceso de cambios, permitirán la adecuación progresiva del sistema familiar o  individuo a una nueva situación vital. Las grandes metas u objetivos, con frecuencia, sólo traducen nuestra propia angustia frente a las necesidades de cambio que definimos como observadores.  Como sea, desde nuestro punto de vista de “rehabilitadores-observadores”, siempre nos será útil el plantearnos una hipótesis de trabajo, una presunción heurística, que oriente nuestras conversaciones en el marco del proceso de rehabilitación emprendido.  Esto en la lógica de que cualquier orden es superior al caos de nuestras percepciones, juicios e ilusiones.  Una hipótesis heurística  nos otorga “derecho a proseguir”;  en la confrontación dialógica con el otro se podrá re-adecuar o confirmar y su valor estará en la búsqueda que permite consensuar el dominio de los significados a compartir.

4.-  ¿ Con quién o quiénes conversar ?

Pensamos que, además del sujeto con que se sostendrán necesariamente las conversaciones (joven asignado a un Programa, p. e.), es relevante conversar con los que él considera sus “otros significativos”. Esto nos conduce a ver al sujeto o joven en relación con otros, como parte de una red social donde se halla más o menos incluido. Es en esta red primaria (fundada en relaciones primarias o “cara a cara”) donde la persona encuentra identidad, sentido de pertenencia, consideración positiva y valoración del sí mismo. De acuerdo a esto, sostenemos que la comunidad más terapéutica es la comunidad natural de pertenencia del sujeto. Prescindiendo de criterios externos y espaciales de “lo comunitario”, debiéramos decir que la comunidad efectiva de una persona cualquiera es su comunidad afectiva más inmediata (Cfr. Lomnitz, 1988).

Visualizar al joven o sujeto dentro de una red de relaciones nos obliga a considerarla como parte de las soluciones, independientemente de que pueda ser elemento de explicación de los problemas. A partir de nuestra experiencia de trabajo, hemos visto que gran parte de las dificultades se superan cuando la persona logra activar su red primaria de relaciones  -familias, vecinos, amigos-  en la búsqueda de soluciones. Vernos como facilitadores, en una función de interface, como la parte del nexo que permite articular esta red primaria, ayudará a la persona a “tejer” la solución de sus problemas a partir de sus vínculos primarios naturales. Ello hará posible que los cambios se mantengan con mayor estabilidad en el tiempo. Las redes sociales, en tanto redes legitimadas de conversaciones que permiten el intercambio de bienes, servicios e información, nos involucran, en cuanto interlocutores conectados a la situación vital del sujeto. Al reconocer la importancia de ello re-valoramos el papel que podremos jugar como actores del habla de dichas redes conversacionales.

[1] En este sentido, las historias  sociales  siempre  remiten  al orden mitológico.  El mito y sus variaciones tipológicas son la explicación narrativa cultural de un grupo determinado, que ordena, clasifica, otorga causalidad y sentido a la acción cultural; esto es, al rito, en tanto éste se constituye en la actualización cotidiana del mito o la narrativa originaria  socialmente legitimada.

 [2] Con frecuencia hemos observado el proceso de costosos programas o talleres de capacitación laboral,  los cuales  suelen  terminar con la deserción de los “beneficiarios”. Atribuimos lo anterior a que es insuficiente la instrucción de materias  y/o conocimientos orientados hacia el desarrollo de destrezas, en tanto no se genere un vínculo significativo con el monitor, el que, a su vez,  lo legitime como hablante significativo ante sus discípulos-oyentes.