Pensando la Polis desde la Jungla

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¿Reforma o Revolución?

image002Este escrito fue redactado hace algún tiempo, sin embargo sirve para contextualizar lo que hoy esta ocurriendo en la hermana Venezuela. Nada nuevo hay en lo que ahora acontece en el país Bolivariano, nada nuevo hay en en concertado boicot a su economía por las fracciones conservadoras-empresariales que hacen el trabajo sucio que el imperio ordena vía e-mail. Es simple: la hegemonía económica e ideológica capitalista no soporta por mucho tiempo el surgimiento digno de sistemas cercanos al socialismo que luchen por la verdadera dignidad humana. Por eso, cuando la paciencia de “Mr. Dead” se agota, todos se cuadran a su servicio: países dependientes-neo-coloniales, cadenas de prensa internacional, he incluso mandatarios y parlamentarios de todo el mundo que son tan hipócritas que buscan satanizar en el ojo ajeno lo que no son capaces de ver en el propio.

Reflexiones sobre la rueda y el freno en Nuestra América.

Gobiernos de izquierda, nueva continentalidad progresista y los debates pendientes.[1]

Por Fernando Sacamuelas.

“Trincheras de ideas valen tanto como trincheras de piedras” ¡Que tus palabras se cumplan! ¡Aunque sería mejor ambas trinchera a la vez!

(Julio A. Mella comentando aquella conocida consigna de José Martí) /Mella, 1960, p.100/.

Nuestra América mayúscula ha sido históricamente dominada, usurpada y violada por el invasor extranjero que vio en sus verdes tierras la solución perfecta para solventar las cíclicas bancarrotas que el modo de producción capitalista (y sus contradicciones) se auto-flagelaba cada cierta cantidad de años. No solo financiamos, con nuestra sangre y nuestros metales[2], la acumulación originaria que permitió el florecimiento del capitalismo en los siglos XVI y XVII, sino que, mucho tiempo después, seguimos siendo la tierra fértil, la materia prima y la mano de obra barata que mantiene los oligopolios y plutocracias de gran parte del mundo occidental desarrollado.

A partir del desarrollo del imperialismo a principios del siglo XX, las tres grandes potencias europeas, más Rusia, Japón y el próspero imperio Estadounidense se repartían las ricas colonias de África, Asia, Centroamérica y el sur de nuestro continente. Pero no fue hasta mediados de esa centuria (particularmente entre 1930 y 1970), beneficiados con la bancarrota que dejaron las dos guerras interimperialistas en las economías de sus competidores de rapiñaje, que los mandatos de Washington determinaron sustancialmente el curso de Latinoamérica y el mundo. Norteamérica no solo fue el país que quedó mejor parado dentro de la barbarie que dejó la posguerra, sino que su intacta institucionalidad y su igualmente ilesa geografía (recordemos que fue el único país que estando directamente involucrado en la II guerra mundial no libró batallas en su territorio) le permitió sobrepasar poco a poco la nada beneficiosa “repartija” del mundo con las demás potencias imperialistas de la zona europea.[3]

Así, con el paso de los años, los capitales dominantes en Sudamérica dejaron de tener el aroma del distinguido té británico para rebalsarse de un nuevo modelo y forma de hacer las cosas dentro del régimen de producción capitalista: el imperialismo yanqui regado a través del mundo por su aparataje económico, político, cultural y militar. Llegó para quedarse el capitalismo monopolista norteamericano con su hijo prodigo: el neoliberalismo.

Desde ese punto de vista, Nuestra América nunca ha bajado del cuadrilátero de lucha. Siempre, tal como lo previó José Martí, debió derribar primero a un rival colonial (aunque sea mediante nocaut técnico) para luego comenzar una feroz batalla contra el imperialismo de peso completo que se acercaba. Tal como el gran teórico y combatiente de la independencia Cubana lo pronosticó, debíamos tener, desde nuestro nacimiento, la capacidad de mirar con un ojo al colonialismo español y observar con el otro el movimiento del imperialismo norteamericano.

Lo complejo a la hora de comparar es que este último, a diferencia del primero, no llegó sobre sus grandes flotas con banderas reales, no instituyó su Consejo de Indias ni su Casa de Contratación en nuestras planicies, no necesitó de espadas, biblias ni decapitaciones indígenas para estatuir su dominación. El imperialismo yanqui era en este aspecto invisible y sigiloso. No requería de una guerra abierta para dominar los mercados tercermundistas, incluso parecía convenir a sus intereses el hecho de que cada país estuviera representado por fuerzas democráticas nacionalistas que aparentarán, como el más hábil actor, una autonomía y un proyecto político propio.

Allá por 1928 Julio Antonio Mella, con su conocida franqueza revolucionaria, nos dibujaba nítida y agudamente esta nueva forma de imperialismo made in USA. Nos advierte:

«Por otro, Los Estados Unidos -es una característica del moderno imperialismo con carácter financiero- no desean tomar los territorios de la América y exterminar toda la propiedad de las clases dominantes, sino alquilarlas a su servicio y hasta mejorarlas con tal de que les den la explotación de lo que ellos necesitan. Un buen país con un gobierno estable, es lo que los Estados Unidos quieren en cada nación de América, un régimen donde las burguesías nacionales sean accionistas menores de las grandes compañías. En cambo les conceden el privilegio de “Gobernar”, de tener himnos, banderas y hasta ejércitos. Les resulta más económica esta forma de dominio». (Mella, 1960, p.23).

Esto que el co-fundador del Partido Comunista de Cuba y principal incitador de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) nos expresa, es, al igual que muchos de los análisis realizados por grandes pensadores revolucionarios que utilizaron el marxismo y su médula metodológica (el materialismo histórico) para interpretar su época, una verdad trascendente a su tiempo, con una coherencia analítica que supera por mucho lo determinante que puede volverse para algunos revisionistas el año de muerte de un militante revolucionario a la hora de darle sentido a su ideas. Ideas que al igual que las de Rosa Luxemburgo, Lenin, Engels o el propio Marx nunca debiesen dejarse tendidas en el largo camino del proceso de construcción de un continente independiente, unido y libre de dominación extranjera. Menos bajo la excusa de que la carga histórica de aquel ideario es demasiada “pesada” para la agilidad de los “nuevos tiempos” o para los vientos que resoplan el «renovado socialismo».

Si bien el imperialismo de los Estados Unidos no necesitó de grandes batallas para dominar nuestro continente, nunca tuvo trabas en desbaratar, mediante el financiamiento y la intervención directa en sendos golpes de estado, aquellos gobiernos que se tornaban demasiado “nacionalistas” o peligrosamente “populares”.

Así fue como, una y otra vez, a lo largo del siglo recién pasado, volvieron a teñir con sangre obrera la tierra de muchos países de este lado del mundo. Para ellos nunca fue un problema romper la institucionalidad democrático-burguesa que ellos mismos habían promovido, apoyado y succionado económicamente. Es más, estos “lapsus totalitarios” eran la manera más efectiva de corregir todo lo que se había “desvirtuado” por culpa del fortalecimiento de la cultura local, la identidad nacional o por las iniciativas reivindicativas que algunos “extremistas” habían inculcado al pueblo.

En estos estados de excepción se exterminaba todo lo que pareciese u oliera a “creación heroica”, para asegurar, al fin, mediante la reformulación constitucional y el pánico abúlico que deja el terrorismo de estado, que estos sobresaltos progresistas no volviesen a ocurrir.

Lo que Mella y muchos de los pensadores realmente marxistas lograron predecir (en su contenido) pese a que no alcanzaron a ver completamente en su forma, era como, con la llegada del neoliberalismo, el capitalismo sería capaz de redibujarse y teñirse permanentemente de distintos colores sin escapar nunca del mismo cuadro de explotación. Los ribetes que el capitalismo tuvo para reformularse le dieron tal margen de movimiento, que pudo (y puede) pasar de un estado benefactor y de amplia democracia participativa hasta la tiranía más sangrienta sin nunca perder de vista sus objetivos estratégicos: el dominio económico-político neocolonial y su control ideológico-cultural (globalización) para combatir cualquier “epidemia” que llegue a levantar colores cercanos al rojo más profundo o que plantee el acercamiento a ideas conducentes a la lucha por la soberanía y la añorada segunda independencia.

El transcurso del capitalismo (que no detallaremos aquí por razones obvias) nos entrega un sendero curvilíneo de progreso que tiende siempre hacia un solo fin. Hemos presenciado las diferentes formas del mercado mundial, desde el mercantilismo librecambista, hasta las sociedades anónimas, desde el monopolio nacional, al imperialismo a nivel global; desde el capitalismo monopolista de estado, su estado de bienestar, hasta una ausencia absoluta de la intervención estatal en materia económica. Junto a ello han desfilado frente a nuestros ojos los distintos modelos imperantes de producción a gran escala: taylorismo, fordismo, posfordismo, toyotismo. Todos modelos superados y remplazados en el momento en que el desarrollo constante de las fuerzas productivas con su avance cientifico-técnico, hacía posible innovar hacia nuevas formas de reorganizar el trabajo para sustraer más y más plusvalía. (Primacía del capital fijo sobre el capital constante o extracción de la plusvalía relativa sobre la absoluta, por ejemplo).

¿Pero qué hay de la otra parte de este problema? ¿Cómo ha reaccionado nuestro continente a este proceder imperialista que nunca nos ha concedido (devuelto) la libertad y autodeterminación que todo territorio debió siempre tener? ¿Cuánto tiempo hemos transcurrido siendo poseedores de esta nebulosa independencia relativa que intentamos maquillar de absoluta?

Las respuestas a nivel continental han sido diversas, radicales y prolongadas, pero para nuestra desgracia histórica, son pocos los intentos, dentro de ese gran número, que han logrado permanecer y mantenerse hasta nuestros días libres de la intervención capitalista.

A principios del siglo pasado existieron tentativas de redireccionar el camino de subyugación frente a las economías extranjeras que las jóvenes republicas democrático-burguesas habían pavimentado con sus regalías a los mandatos del primer mundo. Ya desde el propio proceso independentista de principios del siglo XIX las clases populares habían sido siempre olvidadas, y sus ideales traicionados por muchos “héroes libertadores” (militares y sus aristócratas financistas criollos) que al no existir una burguesía nacional fuerte y organizada en torno a un ideario político interno, vieron su oportunidad para tomar el mando de los países recientemente liberados del yugo español.

Intentos desde abajo que fueron siempre ferozmente reprimidos y acallados, a tal punto que nadie recuerda, por ejemplo en Chile, las dictaduras de la primera mitad del siglo XX o las grandes masacres obreras durante dicha época en el norte de nuestro país[4]. Suele creerse en gran parte del continente que las dictaduras comenzaron con aquella oleada totalitaria que sucumbió a Sudamérica entre las décadas de 1950-1970, y que antes de ellas solo transcurrió un pasivo proceso de construcción del espíritu republicano que se vio interrumpido y sucumbió ante la traición de estos dictadores modernos (Strosnner en Paraguay [1954-1989], Hugo Banzer[5] en Bolivia [1971-1978], Pinochet en Chile [1973-1989], Videla en Argentina [1976-1983], La dictadura cívico-militar uruguaya entre 1973 y 1985, por mencionar solo algunas).

Así, la historia nos ha demostrado que cada vez que el pueblo intenta participar de la construcción de estado, es acallado con fusiles y torturas, con muerte y desaparición.

Hoy, ese modus operandi ha mutado en la forma más no en el fondo. Ahora el control  ideológico sobre la opinión mundial respecto a las sublevaciones legítimas de nuestros pueblos ante el orden imperante, lleva a que sean crucificadas mediáticamente antes de que estos alzamientos aprendan a escribir o leer; el resurgimiento de los actores sociales es mortificado bajo la cláusula de que, al no aceptar los principios de la globalización neoliberal, se queda automáticamente designado como parte de un nuevo “eje del mal”, de una peligrosa bandada “terrorista” que merece ser objeto de bloqueos, embargos, emigración de capitales en masa y, en el peor de los casos, víctimas de “guerras preventivas” y su humanitarismo militar en nombre de la “libertad y la democracia”[6]. Todo esto con la complicidad de la ONU y el silencio de los aparatos ideológicos manejados por estas mismas potencias.

¿Que esperar entonces de este renacer primaveral del progresismo y la izquierda en Latinoamérica? ¿Qué esperanzas podemos depositar en estos cálidos rayos de sol que calientan las exigencias populares que nunca han sido completamente satisfechas?

Es un tema de largo aliento, y dada su profundidad y trascendencia, la correcta metodología sería analizar, paso a paso, cada formación política que se ha fecundado en nuestro continente, cada ejemplo falsamente transformador que cayó por su propio peso y cada ejemplo verdaderamente revolucionario que fue derrotado o acribillado por la reacción conservadora-reaccionaria nacional e internacional. Analizar desde la revolución mexicana de 1910 hasta los procesos que hoy tiene lugar en Bolivia, Ecuador o Venezuela. Más aún, para acrecentar la carga y responsabilidad teórica de estos presupuestos investigativos, este análisis debiese estar direccionado hacia la respuesta de una disyuntiva que hace tiempo ha comenzado a rondar en las cabezas, discursos y papers de quienes se dedican a “pensar Nuestra América”: REFORMA O REVOLUCION.

Si bien es cierto que en gran parte de Latinoamérica se ha avanzado hacia la democratización de los espacios políticos y discursivos, hacia la protección social de la población y la reconstrucción de economías nacionales, aún queda mucho por hacer, queda mucho por discutir y mucho por revisar del pasado cercano de nuestro continente.

No se trata de rebajar el optimismo que hoy ronda por nuestra región, pero al menos procurar que debemos ser absolutamente conscientes de que no es primera vez que algo así acontece, y que por lo tanto no debemos elevar banderas antes de levantar ideas y convicciones.

Recordar por ejemplo lo que sucedió en Argentina con el General Juan Domingo Perón, o en Chile con el derrocado presidente socialista Salvador Allende Gossens. El primero poseía un carisma y una fuerza pocas veces vista en un dirigente argentino, acompañado de una decisión que fue capaz de elevar y empoderar a las masas populares, organizar a los trabajadores en grandes estructuras sindicales; promover a final de cuentas, la “revolución” al estilo del mate y el tango. ¿Pero qué ocurrió después?

Luego del exilio, al momento de ser elegido para su tercer gobierno, trató de “imberbes” a la propia juventud peronista que había empuñado las armas y había luchado con su vida por su retorno y terminó por arrimar a su gobierno a personajes obscuros que no dudaron en transformar, luego de su muerte, toda esa indecisión y laxitud ideológica del propio Perón en una ola de represión sobre la militancia de izquierda, que desembocaría finalmente en la antesala del golpe fascista de 1976.[7]

Antes de eso, incluso antes de su primer gobierno, en la década del 40, tiempo del “verdadero y radical Perón”, el futuro presidente no escondía su rechazo al imperialismo yanqui, pero sí legitimaba la inversión británica y susurraba a sus subalternos en una reunión privada de una academia militar que “si ellos no hacían la revolución pacífica, el pueblo hará la revolución violenta”[8]

Por eso, con estos breves antecedentes, sumado al estudio dedicado de su programa político, podríamos decir que, en términos generales, el gobierno de Perón se basó en una superposición de su liderazgo sobre las clases sociales, sirviéndose del proletariado para sostener un decaído proceso de restructuración nacional luego que decayera el apoyo del viejo imperialismo ingles que había sucumbido ante los daños de la guerra. Intentó entonces gobernar a nombre de los intereses de la burguesía, pero sin representar un sector determinado de la misma.[9]

Si bien hay muchos ideólogos argentinos que perseveran en defender el espíritu antimperialista del general trasandino, la realidad es que su gestión más bien propició una retirada estratégica de los capitales ingleses que dio como resultado un redondo negocio para los extranjeros, ya que a la vez que retiraban sus inversiones para fortalecer su decaído mercado interno, el gobierno argentino permitió que conservasen aquellas inversiones que los propios ingleses consideraban convenientes.

Respecto a su posición frente al imperialismo yanqui, expongo las palabras que Perón expresó el 30 de julio de 1953 en el diario oficialista Democracia, para ir construyendo una idea inicial: “hace pocos días un americano ilustre, el doctor Milton Eisenhower, llegaba a nuestro país en representación de su hermano, el presidente de los Estados Unidos (…) Una nueva era se inicia en la amistad de nuestros gobiernos, de nuestros países y de nuestros pueblos”.

A pesar de toda esa ideología camaleónica-nacionalista, hoy el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner insiste en levantar las banderas de esta “tercera vía” que entre el capitalismo y el socialismo transcurre como una vertiente autónoma sin dirección clara. Y más complejo aún, el propio Comandante Hugo Chávez, en una entrevista concedida para la  cadena bolivariana TeleSur, se refiere al fallecido político y militar argentino como “mi General Perón”.

Cuesta entender entonces, como los ideales de un nuevo continente en general y de la Argentina en particular, pueden descansar en símbolos que no fueron realmente socialistas ni revolucionarios y que aun más, danzaron en torno a una concepción política que, al mirar la historia hacia atrás, concluyó en la traición sistemática hacia las posiciones del pueblo pobre. Debe preocuparnos, por eso, cómo este proceso de transformación “en la medida de lo posible” sigue siendo el volador de luces para gran parte de nuestra explotada América Latina.

El caso de Allende es una cuestión un tanto distinta pero no menos compleja, pues si bien él, a diferencia de Perón, se declaró abiertamente socialista y asumió el marxismo como guía ideológica, no tuvo la decisión ni el apoyo oportuno para ejercer los cambios cualitativos que un país, en aras de un verdadero proceso revolucionario, realmente necesitaba. Pues los sectores más radicalizados, así como los trabajadores, cordones industriales, pobladores y estudiantes, se fueron oxidando en el pantano de la indecisión entre disponer una estructura armada de resistencia popular o dedicarse a la construcción ciudadana dentro del marco democrático, pacífico y constitucional que Allende dibujaba en sus discursos. Junto con aquellos complejos ribetes ideológicos, contó además con un gran vacío dentro del marco institucional: la indiferencia reaccionaria y por tanto amenazante de las fuerzas armadas respecto al proceso vivido durante la Unidad Popular. Fue el paso tembloroso y quizás demasiado parsimonioso del proceso allendista, sumado a la indecisión de la siempre oportunista pequeña burguesía (que finalmente sucumbió ante el fantasma del “caos marxista” fabricado por la gran burguesía y el conservadurismo chileno) y por último la felonía de las traicioneras gerencias militares financiadas y apoyadas por la CIA y Washington, lo que le dio el estoque final a este proceso único, complejo y nuevo de “socialismo sin armas” que duró, quizás por ese misma condición, solo mil días.

Fue el puño blindado de la inteligencia yanqui, que no podía aceptar, bajo ningún pretexto, un tercer foco socialista (comandado por la URSS y revivido por Cuba), sumado al descontento y sed de venganza de los grandes capitales extranjeros que habían quedado heridos luego de la expropiación y estatización propulsada por el nuevo gobierno popular, lo que marcó el camino de un extenuante y silencioso boicot a gran escala y altamente corrosivo que aniquiló la construcción de ese nuevo Chile.

Cómo sacar lecciones de esto, es lo que debemos intentar resolver. Cuál es el carácter que le queremos dar al desarrollo de una alternativa frente al capitalismo para nuestra región, debe ser la discusión cotidiana.

La invitación a una «creación heroica» por parte de Mariátegui debe ser respetada, tomada en cuenta y propulsada, pero debemos tener la inteligencia necesaria y la conciencia clasista, internacionalista y revolucionaria perfectamente calibrada para no caer en un chovinismo nacional que nos diluya en un simple discurso socialdemócrata con ápices de indoamericanismo.[10] Estar atentos para no autoengañarnos con estados de bienestar a la latina que vean al reformismo como fin y no como medio.

La invitación que brota es entonces hacia una “Creación heroica sin chovinismos, reforma con horizontes revolucionarios”.

 Notas:

[1] La referencia a la rueda y el freno como metáfora del movimiento político (y su cese) ya es utilizada por Joaquín Herrera F. (Presidente. de la Fundación Iberoamericana de DD.HH. Universidad Pablo de Olavide, Sevilla.) en su artículo “De la rueda y el freno. El camino hacia la democracia en G. Lukács y R. Luxemburgo” (2001). Quien, a su vez, lo absorbe del texto de Friedrich Nietzsche El viajero y su sombra. Dice Nietzsche: “La rueda y el freno tienen deberes diferentes, pero también tienen uno parecido: el de hacerse mutuamente daño.” Ambos textos quedan aquí recomendados.

[2] «Estaban deleitándose. Como si fueran monos levantaban el oro, como que se sentaban en ademán de gusto, como que se les renovaba y se les iluminaba el corazón. Como que cierto es que eso anhelan con gran sed. Se les ensancha el cuerpo por eso, tienen hambre furiosa de eso. Como unos puercos hambrientos ansían el oro» Testimonio en un texto náhuatl preservado en el Códice Florentino. Estas palabras se refieren probablemente al momento en que los hombres de Hernán Cortés recibían una ofrenda por parte de Moctezuma. (Galeano, 2001, Pág. 27).

[3] Lenin nos enseña en 1916 con una serie de gráficos y análisis que desde 1876 hasta por lo menos 1914, Inglaterra, Francia y Alemania superaban por mucho (incluso duplicaban en algunos casos) a Estados Unidos respecto a la extensión de Km2 y densidad poblacional de sus respectivos dominios coloniales. (Lenin,1976, p. 446-458)

[4] Para profundizar esta idea, véase: (Salazar, 2011, cap. III).

[5] Este “destacado” y asesino militar boliviano, fue adiestrado (como tantos otros cómplices de las dictaduras latinoamericanas) por la Escuela de las Américas, donde literalmente ocupo un puesto en el “salón de la fama”.

[6] Para profundizar estas últimas ideas véase (C. Valqui Cachi y C. Pastor Bazán. 2011, Prólogo). Sobre el tema preciso del “humanitarismo militar” véase algunas de las ideas expuestas por Perry Anderson en su artículo La Batalla de Ideas en la Construcción de Alternativas.

[7] La Alianza Anticomunista Argentina (AAA), conocida como Triple A, fue un grupo parapolicial de extrema derecha de la Argentina, que llevó a cabo cientos de asesinatos contra cuadros políticos, grupos subversivos, guerrilleros y políticos de izquierda durante la década de 1970 (pleno gobierno de Perón), además de amenazar a artistas e intelectuales. Aunque en ese periodo su liderazgo fue negado, hoy se sabe que la organización estuvo bajo la dirección de José López Rega (el brujo), amigo, secretario personal y ministro de Juan Domingo Perón, quien la empleó para combatir los sectores de izquierda del propio movimiento peronista.

[8] Para profundizar en las posiciones de Juan Domingo Perón sobre la economía capitalista, el comunismo y el “inconveniente de la revolución”, véase el discurso aquí parafraseado: Discurso de Perón en el Colegio Militar, 7 de agosto de 1945 y el del 25 de agosto de 1944 pronunciado por el entonces coronel y secretario de trabajo y previsión, en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.

[9] Este fenómeno suele denominarse, dentro del análisis coyuntural que realiza el marxismo, como “Bonapartismo”, en referencia al estudio que Marx desarrolla sobre Luis Bonaparte (Napoleón III) en su indispensable texto “El 18 brumario de Luis Bonaparte”. A este mismo punto se refiere un texto sobre Peronismo que el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT argentino) publicó entre los números 56-59 de su periódico oficial El Combatiente (1971). Ahí nos dicen: “Nosotros creemos que le peronismo fue un movimiento histórico que intentó un proyecto de desarrollo capitalista independiente, a través de un gobierno bonapartista que controla a la clase obrera para apoyarse en ella”.

[10] El Chovinismo puede entenderse sencillamente como un razonamiento falso o una falacia de tipo etnocéntrico. En retórica, constituye uno de los argumentos falsos llamados ad hominem que sirven para persuadir a la población (o a un grupo determinado de personas) mediante la utilización de sentimientos, muchos de ellos exacerbados, en vez de promover la razón y la racionalidad. La filosofa alemana Hannah Arendt nos describe así a este fenómeno: El chauvinismo es un producto casi natural del concepto de Nación en la medida en que proviene directamente de la vieja idea de la “misión nacional” [...] La misión nacional podría ser interpretada con precisión como la traída de luz a otros pueblos menos afortunados que, por cualquier razón, milagrosamente han sido abandonados por la historia sin una misión nacional. Mientras este concepto de chauvinismo no se desarrolló en la ideología y permaneció en el reino bastante vago del orgullo nacional o incluso nacionalista, con frecuencia causó un alto sentido de responsabilidad por el bienestar de los pueblos atrasados. Arendt, H. “Imperialism, Nationalism, Chauvinism”, en The Review of Politics 7.4, (Octubre de 1945), p. 457

Bibliografía:

De Santis, D. [Compilador] (2004). “El PRT-ERP y el peronismo” Nuestra América, Bs. As, 1era edición. Pág. 47

Galasso, N. (2003) “Braden o Perón” «Junio 1943 a septiembre 1945». Cuadernos para “la otra historia” http://www.discepolo.org.ar/files/braden_o_peron.pdf

Galeano, E. (2001). “Las venas abiertas de América Latina”. Pág. 27. Ediciones CATáLOGOS,  vigésima  reimpresión para Argentina.

Lenin, V. (1976) “El imperialismo, fase superior de capitalismo”. Obras escogidas en doce tomos, t.  V. Editorial Progreso Moscú

Marx, K. (1955)  “El dieciocho brumario de Luis Bonaparte”, Carlos Marx-Federico Engels, Obras escogidas en dos tomos, t. I. Editorial Progreso, Moscú

Mella, J. (1960) “La lucha revolucionaria contra el imperialismo”. En Ensayos Revolucionarios, La Habana, Editora Popular de Cuba y del Caribe.

Salazar, G. (2011) “En el nombre del Poder Popular Constituyente (Chile, Siglo XXI)” Ed. LOM, 1ra edición.

Valqui Cachi, C y Pastor, C. [compiladores] (2011). “Marx y el marxismo crítico en el siglo XXI”. Colección Miradas del Centauro.