Pensando la Polis desde la Jungla

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La Apología de Allende…

LA APOLOGÍA DE ALLENDE

Por Fernando Sacamuelas1236118_10151817714289712_363972916_n

Allende no andaba en sandalias, no utilizaba la mayéutica como forma dialógica, ni disfrutaba de banquetes alborotados…

Pero eso no detuvo que fuese condenado injustamente, tal como su barbudo colega, hace más de veinte siglos.

¿Los cargos? casi extraídos de una copia: Pervertir a los jóvenes, decían; No creer en los dioses, aclamaban; No respetar las leyes de la ciudad, chillaban.

Y claro, como no iban a condenarlo, si efectivamente pervertía a la muchachada  (y de paso a los peligrosos trabajadores). Les hablaba del poder popular, del despertar consiente del pueblo oprimido, y de la responsabilidad mutua en la edificación de un futuro más próspero…

¡Que blasfemias más pedregosas! lo que salía de la boca de aquellos anacrónicos criminales, inaudito era, para quienes pretendían tener una polis ordenada por silentes rebaños.

¿No creer en los dioses?

¡Que pecado mortal cuando los dioses son el dinero y la infamia!

Y claro que el condenado moderno padecía de insipiente ateísmo, si de poner velas en los altares del capitalismo se trataba.

¿Quién no respeta las leyes de la ciudad, acaso anda libre caminando por ella?

¿Quién salvaguarda el orden realmente, quien le da vida y soberanía a la polis o quien bombardea el Ágora cobardemente?

Aunque ambos contaron con acusadores públicos, abundaban también los secretos chivatos, rostros cubiertos que se refugiaban en sus casas, mientras el día del juicio llegaba…y probablemente algunos celebraron sus muertes, destapando magro vino en Grecia y champán francés en Chile…

Pero seguramente la vasta mayoría de los ciudadanos quedaron estupefactos, silentes y retraídos ante tan gallarda y consecuente caída.

Tres eran los principales acusadores de tábano de los atenienses: Anito, Meleto y Licón. Cuatro los del compañero de lentes pronunciados: Leigh, Merino, Mendoza y el innombrable. A ambos grupos de enjuiciadores los respaldaba una pequeña, pero sedienta de sangre, minoría: los poderosos.

La historia se repite, los condenados son siempre los mismos y los impunes penosamente también.

Pero más cosas tenían en común estos dos hombres que desconcertaban a los dogmáticos y asustaban a los conservadores:

Hablaban con sencillez con el zapatero, el artesano, el político y el guerrero; no le negaban la posibilidad a la esperanza ni desconfiaban de la sensata utopía. Pero por sobre todo, no le temían a la muerte, porque sabían que con ella no se asoma el fin para los que han dado su vida en nombre de la justicia.

Ambos querían encausar cambios profundos en la conciencias, ambos querían despertar a los dormidos en los laureles y sacar la voz de los acallados en los rincones.

Ambos tenían certezas comunes: la seguridad que los dos territorios contaban con una falsa democracia aún atiborrada de esclavos sin nombres.

La cicuta y la ametralladora no fueron entonces símbolos de cobardía, menos de claudicación, fueron el brebaje que la historia tenía preparado para que su mirada se congelara en la digna perpetuación de la memoria social.

Platón fue quien relató la vida y muerte de su maestro, el Pueblo fue y será el autor continuo de la historia del nuestro.

Que viva el pueblo, que viva Allende, que vivan l@s trabajador@s.

UN PUEBLO SIN MEMORIA ES UN PUEBLO SIN HISTORIA.