Pensando la Polis desde la Jungla

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Contra la “nueva” Hegemonía (II).

CONSTRUYENDO ALTERNATIVAS (SEGUNDA PARTE)

¿Interesante el análisis no?

Son miradas necesarias que los movimientos populares de América Latina deben interiorizar y discutir. Únicamente analizando de manera correcta y concreta la realidad global, regional y nacional, seremos capaces de hilar no solo las alternativas emergentes de liberación, sino además  de transparentar la forma en que actúa el enemigo (y sus lacayas instituciones), qué factores son los determinantes y cuales son, a final de cuentas, pura maleza ideológica. foto artículo PARTE 2

La segunda parte de este artículo esta dedicada al tercer punto del recorrido analítico que Perry Anderson efectúa sobre las estrategias y posiciones de contrahegemonía que los pueblos de distintos  continentes mantienen contra EE.UU y su “humanismo militar”. Faceta del neo-imperialismo que derramando sangre de niños y mujeres a nombre de la bandera de los pervertidos “derechos humanos” y de la falsa “democracia” burguesa que ellos buscan imponer, siguen controlando el mundo a dicha y siniestra.

Que disfruten entonces las conclusiones que el autor saca y las propuestas que de su lectura se pueden inferir. Esperando sus comentarios.

Fernando Sacamuelas.

CONSTRUYENDO ALTERNATIVAS (II)

c. Resistencia con los colores rebeldes de Nuestra América

El tercer foco de resistencia se halla aquí, en América Latina. Tres rasgos decisivos distinguen esta zona  de las anteriores. En primer lugar, en América Latina se encuentra una  combinación de factores mucho mas fuerte y prometedora que en Europa o en Medio Oriente, pues aquí y solamente aquí, la resistencia al neo-liberalismo y al neo-imperialismo  conjuga no solamente lo cultural sino lo social con  lo nacional – es decir, comporta una visión emergente de  otro tipo de organización de la sociedad, y otro modelo de relaciones entre los estados.  En segundo lugar, América Latina – y esto es un hecho que a menudo se olvida – es la única área del mundo con una historia continua de trastornos revolucionarios  y luchas políticas radicales desde un siglo. Ni en Asia, ni en África, ni en Europa, encontramos equivalentes a la  cadena de revueltas y revoluciones  que han marcado la especifica experiencia latinoamericana, la cual, de aquí a un siglo atrás viene dando cuenta de nuevas explosiones que se suceden a derrotas. El siglo XX ha empezado con la Revolución Mexicana que tuvo lugar antes de la Primera Guerra Mundial. Se trata de una revolución victoriosa pero que también fue esterilizada en lo que hace a muchas de sus aspiraciones populares. Entre las dos guerras, hay una serie de levantamientos heroicos y experimentos políticos derrotados: el Sandinismo en Nicaragua, la revuelta aprista en Perú,  la insurrección en El Salvador,  la revolución de 33 en Cuba,  la intentona en Brasil, la breve republica socialista y el frente popular en Chile. Pero con la Segunda Guerra Mundial comienza un nuevo ciclo, con el primer peronismo – en su fase jacobino – en Argentina, el bogotazo en Colombia  y la revolución Boliviana de 52. Al final de la década estalla  la revolución cubana. Sigue una ola de luchas guerrilleras a través del continente, y la elección del gobierno de Allende en Chile.

Todas estas experiencias fueron aplastadas con el ciclo de dictaduras militares que comenzaron en Brasil en el 64 y luego allanaron el camino a Bolivia, Uruguay, Chile, Argentina en los años setenta de plomo. A mediados de la década, la reacción parecía victoriosa casi en toda parte.  De nuevo, sin embargo, se encendió el fuego de la resistencia con el triunfo de la revolución sandinista, la lucha de los guerrilleros salvadoreños, y la campana masiva para elecciones directas en Brasil. También esta ola de insurgencia popular fue desmontada o destruida impiedosamente. A mediados de los años noventa, reinaba casi en todos los países latino-americanos versiones criollas del neo-liberalismo norte-americano, instalados o apoyados por Washington – los regímenes de Menem en Argentina, Fujimori en Perú, Cardoso en Brasil, Salinas en México,  Sánchez Losada en Bolivia, etcétera. Finalmente, con una democracia estable restaurada, y políticas económicas excelentes, creía  el Departamento del Estado, América Latina se había vuelto una retaguardia  segura y tranquila del Impero global. Hoy en día, el paisaje político se ha cambiado de nuevo radicalmente.  El ciclo popular mas reciente, que comenzó con la revuelta zapatista en Chiapas, ya ha visto la llegada al poder de Chávez en Venezuela, las victorias de Lula y Kirchner en Brasil y Argentina, el derrumbe de Sánchez Losada en Bolivia, y los estallidos sociales repetidos en Perú y Ecuador.

Tercer rasgo distintivo del escenario latinoamericano: aquí, y solamente aquí,  encontramos coaliciones de gobiernos y de movimientos en un frente amplio de resistencia a la nueva hegemonía mundial. En Europa, el movimiento pacifista y alterglobalista ha sido mucho más extenso que la oposición diplomática de algunos gobiernos a la guerra de Iraq.  Esta asimetría entre la calle y el palacio ha sido una de las características mas significativas de la situación europea, donde la mayoría de los gobiernos – incluyendo no solamente Gran Bretaña, sino España, Italia, Holanda, Portugal, Dinamarca y todos los nuevos satélites de Washington en Europa del Este -  no solamente apoyaron la agresión contra Iraq, sino  participan en la ocupación, mientras que la mayoría de sus poblaciones se opusieron a la Guerra. En Medio Oriente, esta asimetría entre la hostilidad casi unánime de la calle a la conquista de Iraq y la complicidad casi unánime de los regímenes con el agresor es aun más dramática, o en efecto, total. En América Latina, en contraste,  se ve una  serie de gobiernos que en grados – y campos – diversos tratan de resistir a la voluntad de la potencia hegemónica, y un conjunto de movimientos sociales radicales que luchan para un mundo diferente, sin inhibiciones diplomáticas o ideológicas; allí se encuentran desde los Zapatistas en México y los Sin Terra en Brasil, a los cocaleros y mineros de Bolivia, los piqueteros de  Argentina, los huelguistas de Perú, el bloque indígena en Ecuador, y tantos otros.  Esta constelación dota el frente de resistencia de un repertorio de tácticas y acciones, y de un potencial estratégico, superior a cualquier otra parte del mundo. En Asia, por ejemplo, pueden haber gobiernos mas firmes en su oposición a los mandos económicos e ideológicos norteamericanos – la Malasia de Mahathir es un caso obvio – pero faltan poderosos movimientos sociales; y donde existen tales movimientos, los gobiernos típicamente se muestran  más o menos serviles, como en Corea del Sur, cuyo Presidente ahora promete tropas para ayudar a la ocupación de Iraq.

Entonces, es lógico que si miramos a las dos iniciativas más impresionantes de resistencia internacional a la nueva hegemonía mundial, ambas se originaron aquí en América Latina. La primera, por supuesto, ha sido la emergencia del Foro Social Mundial, con sus raíz simbólica en Porto Alegre; y la segunda, la creación del G-22, en Cancún. En ambos casos,  lo notable es un verdadero frente intercontinental de resistencia, que englobó de manera muy diversa movimientos en un caso y gobiernos en el otro. Ahora bien, tanto el Foro Social como el G-22 han concentrado sus esfuerzos de resistencia  en el sector neo-liberal del frente enemigo, es decir, esencialmente en la agenda económica de la potencia hegemónica y sus aliados en los países ricos. Aquí, correctamente, los blancos centrales han sido el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio. En esta batalla de ideas, la noción de mercados libres – es decir, sistemas de intercambio de las mercancías, del trabajo, y capital puro y autónomo, sin interferencias políticas u otras – ha sido cada vez más claramente expuesta como una mistificación. Todos los mercados, en todos los tiempos, son  construidos y regulados políticamente: la única cuestión pertinente es que tipo de política los moldean y determinan.  El neo-liberalismo busca  imponer su ‘Gran Transformación’ (para usar la formula acuñada por Karl Polanyi) para el advenimiento del liberalismo clásico del laissez-faire en la época victoriana. Como su predecesor, este proyecto – a escala mundial – comporta la imposición de reglas de comercio que favorecen los intereses de los estados y corporaciones metropolitanos en detrimento de los intereses de los países periféricos. El proteccionismo, se vuelve un privilegio reservado al Norte, mientras que en el Sur es visto como una infracción a las leyes fundamentales de toda economía sana. Comparada con estas hipocresías, la noción medieval de un ‘precio justo’ podría parecer un modelo de ilustración.  El ataque que se llevó a cabo en Cancún contra las arrogancias ideológicas y abusos prácticos de la potencia hegemónica y sus aliados fue un acierto.

Sin embargo – y aquí las discrepancias entre gobiernos y movimientos se destacan – resistir a las pretensiones hegemónicas en la área del comercio, defender  por ejemplo – el Mercosur contra la ALCA – no puede conducir a resultados muy animadores, si  al mismo tiempo se obedece dócilmente al Fondo Monetario internacional y los ‘mercados financieros’ en materias tan cruciales como la tasas de interés, el patrón fiscal, el sistema de pensiones, el así llamado superávit primario, para no hablar de respuestas a la exigencia popular de una redistribución igualitaria de tierras. Aquí el rol de los movimientos sociales se vuele decisivo. Solo su capacidad de movilizar a las masas – campesinos, obreros, informales, empleados – y combatir, si es necesario sin treguas, gobiernos oscilantes u oportunistas, puede asegurar políticas sociales más igualitarias y justas. La democracia de la que se jactaban los gobiernos neo-liberales de la última década siempre ha sido un asunto restringido y elitista, con baja participación electoral, y alta interferencia del poder del dinero. La democracia que necesita una resistencia efectiva a la nueva hegemonía mundial es algo distinto: requiere de un ejercicio del poder desde abajo, cuyas formas embrionarias se van delineando en los presupuestos populares de Porto Alegre, los comités de la insurgencia boliviana, la auto-organización de los ranchitos venezolanos, las ocupaciones de los Sin Terra.

Si bien es cierto que hay muchos brotes prometedores de resistencia regional e internacional contra el neo-liberalismo, también cabe preguntarse ¿cual es la situación respecto al frente de combate contra el neo-imperialismo? Aquí el escenario sigue siendo  más sombrío.  Los primeros Foros Sociales han evitado cuidadosamente el tópico – aparentemente demasiado candente- del nuevo belicismo norte-americano. En Europa, hubo no poca  gente que engullendo la idea de un humanismo militar en defensa de los derechos humanos apoyaron el bombardeo de Belgrado. Entre los gobiernos, naturalmente, se ve aun menos apetito para enfrentar la potencia hegemónica en su terreno más fuerte, el campo militar.  La reacción de los varios gobiernos latino-americanos a la invasión de Iraq se podría resumir en el repudio inmediato del cual fue objeto el desgraciado embajador chileno en las Naciones Unidas por parte del Presidente social-demócrata Lagos, cuando en un momento distraído de una charla informal condenó la agresión  anglo-americana, y por ello recibió un telegrama furioso por parte de la Moneda en donde se le ordenaba rectificar su lapsus. Chile no condeno la agresión, la ‘lamento’.  Los otros gobiernos latinoamericanos no han demostrado mayor coraje: las únicas dos excepciones fueron Cuba y Venezuela.

Ahora bien, este frente de resistencia a la nueva hegemonía mundial exige una crítica consistente de sus conceptos-claves. Aquí la batalla de ideas para la construcción de una alternativa tiene que concentrar sus miras en dos puntos decisivos: los derechos humanos y las Naciones Unidas, que se han vuelto hoy en día  instrumentos de la estrategia global de la potencia hegemónica. Tomemos primero los derechos humanos. Históricamente, la declaración que la introdujo al mundo, de 1789, ha sido uno de las grandes proezas  políticas de la Revolución francesa. Pero, como era de esperar, a esta noción – fruto de la ideología de una gran revolución burguesa – le faltaba una base filosófica que la sostenga. El derecho no es un fenómeno antropológico: es un concepto jurídico, que no tiene  significado fuera de un marco legal que instituye tal o cual derecho en un código de leyes. No puede haber derechos humanos en abstracto – es decir, trascendente respecto a cualquier estado concreto, sin la existencia de un código de leyes.  Hablar de derechos humanos como si estos pudiesen pre-existir mas allá de las leyes que les darían vida – como es común – es una mistificación.  Fue por eso que el pensador utilitarista  clásico, Jeremy Bentham, las denomino ‘tonterías en zancos’ y Marx, cuya opinión de Bentham no era muy alta, en este punto le dio toda la razón,  sin dudar en citarlo a tal propósito.

El hecho obvio es que no puede haber derechos humanos como si fuesen dados de una antropología universal, no solamente por que su idea es un fenómeno relativamente reciente, sino también por que no hay ningún consenso universal en la lista de tales derechos. De acuerdo con la ideología dominante, la propiedad privada – inclusive, naturalmente  la que concierne los medios de producción – es considerada un derecho humano fundamental – proclamado como tal, por ejemplo, en la guerra contra Yugoslavia, cuando el ultimátum norte-americano a Rambouillet que deflagró el ataque del OTAN exigió no solamente libertad y seguridad  para la población de Kosovo, el libre movimiento de las tropas de la OTAN a través del territorio yugoslavo, sino también tranquilamente estipuló – cito – que  ‘Kosovo tiene que ser  una economía del mercado’.  Incluso, dentro de los parámetros de la ideología dominante en los EE.UU, se contrapone diariamente el derecho a decidir con el derecho a vivir  respecto al tema del aborto. No hay ningún criterio racional para discriminar entre tales construcciones, pues los derechos son constitutivamente maleables y arbitrarios como toda noción política: cualquiera puede inventar uno a su propio antojo.  Lo que normalmente representan son  intereses, y es el poder relativo de estos intereses lo que determina cual de las diversas construcciones rivales predomina. El derecho al empleo, por ejemplo, no tiene ningún estatuto en las doctrinas constitucionales de los países del Norte; el derecho a la herencia, si.  Entender esto no implica ninguna postura nihilista. Si bien los derechos humanos (pero no los derechos legales) son una confusión filosófica, existen necesidades humanas que en efecto prescinden de cualquier marco jurídico, y corresponden en parte a fenómenos antropológicos universales  – tales como la necesidad de alimentación, de abrigo, de protección contra la tortura o el maltrato – y en parte corresponden a exigencias que son, hegelianamente, productos del desarrollo histórico – tales como las libertades de expresión, diversión, organización, y otras.  En este sentido, en vez de derechos, es  siempre  preferible hablar de necesidades: una noción mas materialista, y menos equivoca.

Pasemos ahora a nuestro humanismo militar, escudo ilustrado de los derechos humanos en la nueva hegemonía mundial. He observado que el Foro Social y más generalmente los movimientos alterglobalistas han prestado poca atención al neo-imperialismo, prefiriendo concentrar su fuego en el neo-liberalismo. Sin embargo, hay un lema internacional movilizador muy sencillo que podrían adoptar. Este consiste en exigir el cierre de todas – repito todas – las bases militares extranjeras en todo el mundo. Actualmente, los EE.UU mantienen tales bases en más de cien  – repito: cien – países a través del planeta. Debemos exigir que cada una de estas bases sea cerrada y evacuada, desde la más antigua e infame de todas, en Guantánamo, hasta las más nuevas, en Kabul, Bishkek y Bagdad. Lo mismo para las bases británicas, franceses, rusas y otras. ¿Que justificación tiene estos tumores innumerables en el flanco de la soberanía nacional, si no es simplemente la raison d’etre del Impero y sus aliados?

Las bases militares norteamericanas constituyen la infraestructura estratégica fundamental de la potencia hegemónica. Las Naciones Unidas, ellas, proveen una superestructura  imprescindible de sus nuevas formas de dominación.  Desde la primera Guerra del Golfo en adelante, la ONU ha funcionado como un instrumento dócil de sus sucesivas agresiones, manteniendo durante una década el bloqueo criminal de Iraq, que ha causado entre 300 y 500 mil muertos, la mayoría niños, consagrando el ataque de la OTAN contra Yugoslavia, donde propició y sigue propiciando servicios pos-ventas a los agresores en Kosovo, y ahora colaborando con los ocupantes de Iraq para edificar un gobierno de  marionetas norte-americanas en Bagdad, y coleccionando fondos de otros países para financiar los costos de la conquista del país. Desde la desaparición de  la Unión Soviética, el mando de Washington sobre la ONU se volvió casi ilimitado. La Casa Blanca escogió directamente, sin ningún pudor, el actual Secretario-General como su mayordomo administrativo en Manhattan, descartando su predecesor como insuficientemente servil a los Estados Unidos. El FBI abiertamente escucha a escondidas a todas las delegaciones extranjeras en la Asamblea General.  La CIA penetró sin  siquiera desmentir sus actividades -de conocimiento publico-  el cuerpo de los así llamados inspectores en Iraq, de pie a cabeza.  No hay medida de soborno o chantaje que no utilice diariamente el Departamento de Estado para doblegar a los representantes de las naciones a su voluntad.  Hay ocasiones, aunque cada vez más raras, cuando la ONU no aprueba explícitamente los proyectos y decisiones de los EE.UU, en los que Washington toma la iniciativa unilateralmente, y entonces la ONU lo autoriza post-facto, como un hecho consumado. Lo que jamás acontece ahora es  que la ONU rechaza o condena una acción estadounidense.

La raíz de esta situación es muy simple. La ONU fue construida en los tiempos de Roosevelt y Truman como una máquina de dominación de las grandes potencias sobre los demás países del mundo, con una fachada de igualdad y democracia en la Asamblea General, y  una concentración férrea del poder en manos de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, arbitrariamente escogido entre los vítores de una Guerra que no tiene ninguna relevancia hoy.  Esta estructura profundamente oligárquica se presta a cualquier tipo de mando y manipulación diplomáticos. Es esto lo que ha conducido a la organización -que en principio debería ser un baluarte de la soberanía nacional de los países pobres del mundo- a su prostitución actual, convertida en una mera máscara para la demolición de esta soberanía en nombre de los derechos humanos, transformados a su vez -naturalmente- en el derecho de la potencia hegemónica de bloquear, bombardear, invadir y ocupar  países menores, según le venga en gana.

¿Que remedio es concebible a esta situación? Todos lo proyectos de reforma de Consejo de Seguridad se han hundido a partir del rechazo de los monopolistas del veto a renunciar a sus privilegios, que ellos tienen además el poder de proteger. Todos los reclamos de la Asamblea General para una democratización de la organización han sido, y serán, en vano. La única solución plausible a este impasse parecería ser el retiro de la organización de uno o varios países grandes del Tercer Mundo, que podrían deslegitimarla hasta que el Consejo de Seguridad sea forzado a aceptar su ampliación y una redistribución de poderes reales dentro de la Asamblea General. De la misma manera, además, la única esperanza de desarme nuclear serio es el retiro de uno o varios países del Tercer Mundo del infame Tratado de No-Proliferación Nuclear -que debiera ser llamado el Tratado para la preservación del oligopolio nuclear– para forzar a los verdaderos detentores arrogantes de los armamentos de destrucción masiva a renunciar a sus privilegios. Samir Amin ha hablado aquí de necesidad de restaurar cualquier resistencia seria  a la nueva hegemonía mundial.  Estoy de acuerdo. Añadiré que los principios de tal igualdad tienen que ser no solamente económicos y sociales dentro las naciones, sino también  políticos y militares entre las naciones.

Estamos lejos de esto hoy. Tan lejos como puede verse en la última resolución del Consejo de Seguridad, votada en este mismo mes de octubre. En esta, el órgano supremo de las Naciones Unidas ha solemnemente dado su bienvenida al consejo títere de las fuerzas de ocupación de Iraq designándolo como la encarnación de la soberanía iraquí, condenado los actos de resistencia  a la ocupación, llamado a todos los países a ayudar en la  reconstrucción de Iraq bajo los designios de esas mismas fuerzas títeres, y nombrado a los Estados Unidos como el mandatario reconocido de una fuerza multinacional de ocupación del país.  Esta resolución, que no es otra cosa que el acto de bendición de la ONU a la conquista de Iraq, fue aprobada unánimemente. La firmaron: Francia, Rusia, China, Alemania, España, Bulgaria, México, Chile, Guinea, Camerún, Angola, Siria, Pakistán, Reino Unido y Estados Unidos. La Francia supuestamente gaullista, la China supuestamente popular, Alemania y Chile supuestamente social-demócratas, Siria supuestamente baasista, Angola rescatada una vez por Cuba de su propia invasión, para no hablar de los demás clientes mas familiares de los EE.UU –todos cómplices de la recolonización de Iraq.  Esta es la nueva hegemonía mundial.  Combatamosla.