Pensando la Polis desde la Jungla

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Construyendo Alternativas (I)

Jungleros: dejo con ustedes un interesante artículo del historiador ingles Perry Anderson. Destacado pensador marxista contemporáneo, que sin caer en revisionismos o reducciones teóricas sobre la necesidad de los cambios categoriales y “los limites del pensar la totalidad” (sinónimo hoy en día de ser neo-crítico), nos entrega periódicamente artículos y publicaciones que analizan con agudeza las contradicciones globales en que nos encontramos. foto artículo PARTE 1

En este artículo en particular -publicado cerca del 2005-, el autor (editor por muchos años de la New Left Review, NLR, -Revista de la nueva izquierda- con la que combatió el revisionismo extremo del partido laborista ingles y propulsó el debate hacia temáticas concretas que abarcaban, entre otras, la inclusión real del horizonte socialista dentro de la programática interna del partido) hace un recorrido analítico de los problemas globales, no solo económicos (neoliberalismo), sino también político-militares (desde el humanismo militar, como él lo caracteriza, hasta la continua prostitución de la ONU a favor de las grandes potencias, particularmente frente a la entrepierna de “La” gran hegemonía norteamericana). El filósofo e historiador nos propone un recorrido en este sentido, nos invita precisamente a caminar sobre el sinsentido de la nueva hegemonía de dominación mundial y su objetivo permanente y estratégico: el neo-imperialismo. Nos describe su formación, sus características principales, así como los diversos y saludables gestos de contrahegemonía (pálidos o incipientes) que los distintos continentes, países, gobiernos y pueblos intentan estructurar.

Vale la pena apuntar el trato que hace del fulgor eternamente insurgente del volcán latino, de como centra su análisis (y por qué no sus esperanzas) en la contraofensiva que nuestro continente efectúa y debe seguir desarrollando a diario.

También resulta interesante ver como se refiere a Chile (o como no se refiere) al ausentarlo de los países con movimientos sociales consolidados -reiteremos que este artículo es redactado incluso antes de la “revolución pingüina”-. Recordándonos que hace mucho (desde los 1000 días de Allende) que no somos un referente popular para Nuestra América, y como nuestro rol continental fue mermado, no solo por el fascismo militar, sino también por el pro-capitalismo descarado de la concertación traicionera (e indiferente) con un proyecto popular. Nos deja, a final de cuentas, como el “compañero centrista e individualista” de esta aula nuestroamericana.

A modo de anécdota, pero que demuestra la solides de un análisis cuando sigue un método concreto, vale la pena poner atención en el acertado “pronostico” que hace sobre las características del futuro remplazante de G.W. Bush en la casa blanca (manchada de sangre tercermundista).

Aclaro por último, que este texto lo encontré (formato digital) en muy malas condiciones ortográficas y de redacción. He trabajado en su corrección y por ese mismo hecho algunas subdivisiones, subtítulos y negritas son de mi responsabilidad, siempre con la intención de favorecer una lectura más nítida y dinámica. La publicación de este texto se hará en dos partes para no saturar su comprensión con la incomodidad de leer a través de una pantalla.

Precisamente para la segunda mitad dejaremos el análisis que el pensador británico hace sobre nuestro continente y sus respectivas conclusiones.

Si interesa este tema, se sugiere, además de continuar la lectura de este autor, el estudio de la refrescante y asertiva mirada critica sobre el subdesarrollo (y su dialéctica) del economista egipcio Samir Amin.

Reitero por ultimo (y hago un llamado a gritos), la necesidad de vuestra participación en nuestra página, de sus aportes, opiniones y sobre todo comentarios. Nosotros nos constituimos en y por ustedes. La única forma de permitirnos trabajar sin vanidad es abriendo este espacio, no para nuestro capricho, sino para el entable fructífero y rebelde de diálogos, críticas y propuestas que nos acerquen a lograr cambiar aquello que parece imposible, PERO NO LO ES.

No queremos ser un espejo sino una ventana.

Atte. Fernando Sacamuelas.

 

La Batalla de Ideas en la Construcción de Alternativas

Perry Anderson

Introducción:

Mi tema de esta noche es la batalla de ideas en la construcción de alternativas. ¿Cómo podemos comprender este campo de batalla?  Es un terreno todavía dominado, obviamente, por las fuerzas que representan lo que desde nuestra perspectiva llamamos una nueva hegemonía mundial. Pues bien, para  abordar la cuestión de alternativas, es preciso primero contemplar los componentes de esta nueva hegemonía. En nuestra visión esta representa algo nuevo. ¿En que consiste esta novedad? Si Marx tenia razón, diciendo que las ideas dominantes en el mundo son siempre las ideas de las clases dominantes, es muy claro que estas clases -en si- no han cambiado nada en los últimos cien anos. Los dueños del mundo siguen siendo los propietarios de los medios materiales de producción, a escala nacional e internacional. Sin embargo, es igualmente claro que las formas de su dominación ideológica, si han cambiado significativamente. Quiero comenzar mi intervención  con algunas observaciones a propósito, tratando de focalizar más precisamente los tiempos y los contornos de esta mutación.

Si miramos la situación mundial después de la derrota del fascismo en 1945, con el inmediato comienzo de la Guerra Fría, dividiendo a los antiguos aliados de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto entre los dos bloques –el Occidente liderado por los EE.UU y el Oriente liderado por la Unión Soviética– este conflicto se configuraba, objetivamente, como una lucha entre el capitalismo y el comunismo, y fue proclamada como tal del lado oriental, es decir por los soviéticos. En cuanto al sector occidental, lo términos oficiales de la lucha eran completamente distintos. En occidente,  la Guerra Fría era presentada como una batalla entre la democracia y el totalitarismo. Para describir al bloque occidental, no se utilizaba el término de “capitalismo”, considerado básicamente un término del enemigo, un arma contra el sistema en vez de una descripción del mismo.  Se hablaba de la ‘libre empresa’ y – sobre todo – del “Mundo Libre”, no del “Mundo Capitalista”.

Ahora bien, en este sentido, el fin de la Guerra Fría produjo una configuración ideológica enteramente nueva. Por primera vez en la historia, el capitalismo comenzó a proclamarse como tal, con una ideología que anunciaba la llegada de un punto final del desarrollo social, con la construcción de un orden basado en mercados libres, mas allá del cual no se pueden imaginar mejoras substanciales.  Francis Fukuyama dio la expresión teórica más amplia y ambiciosa de esta visión del mundo en su libro “El Fin de la Historia”. Pero en otras expresiones más vagas y populares, también se difundió el mismo mensaje: el capitalismo es el destino universal y permanente de la humanidad. No hay nada fuera de este destino pleno. Aquí se encuentra el núcleo del neo-liberalismo como doctrina económica, todavía masivamente dominante a nivel de los gobiernos en todo el mundo. Esta jactancia fanfarrona de un capitalismo desregulado, como el mejor posible de todos los mundos, es una novedad del sistema hegemónico actual. Ni siquiera en el siglo diecinueve, en los tiempos victorianos, se proclamaba tan clamorosamente las virtudes y necesidades del reino del capital. Las raíces de este cambio histórico son claras: es un producto de la victoria cabal de occidente en la Guerra Fría, no simplemente de la derrota sino mas bien de la desaparición total de su adversario soviético, y de la euforia consiguiente de las clases poseedoras, que ahora no necesitaban mas eufemismos o circunlocuciones para disfrazar la naturaleza de su dominio.

Pero si la contradicción principal del periodo de la Guerra Fría había sido el conflicto entre capitalismo y comunismo, este había estado siempre sobredeterminado por otra contradicción global: por la lucha entre los movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo y las potencias coloniales e imperialistas del Primer Mundo. A veces las dos luchas se fusionaron o entrecruzaron, como aquí en Cuba, o en China y Vietnam.

El resultado de una larga historia de combates anti-imperialistas fue la emergencia en todo el mundo de estados nacionales formalmente emancipados  de la subyugación colonial y dotados de una independencia jurídica, gozando a incluso de sede en las Naciones Unidas.  El principio de la soberanía nacional -muchas veces violado en la práctica por las grandes potencias, pero jamás puesto en duda, esto es, siempre afirmado por el derecho internacional e inscrito solemnemente en la Carta de las Naciones Unidos – ha sido la  gran conquista de esta ola de luchas en el Tercer Mundo.

Pero en sus luchas contra el imperialismo, los movimientos de liberación nacional se vieron beneficiados –objetivamente- por la existencia y la fuerza del campo soviético. Digo objetivamente porque no siempre -aunque lo haya hecho en muchos casos– la Unión Soviética ayudo, subjetivamente,  a los movimientos en cuestión.

Sin embargo, aun cuando le faltara un apoyo material o directo por parte la Unión Soviética, la simple existencia del campo comunista impedía a Occidente, y sobre todo a los Estados Unidos, aplastar con todos los medios a su disposición y sin temor de resistencias o represalias, estas luchas. La correlación de fuerzas globales no permitía, después de la Segunda Guerra Mundial, el tipo de  campañas de exterminio libremente practicados (por Francia en Marruecos o Inglaterra en Iraq) después de la Primera Guerra Mundial. Incluso los Estados Unidos siempre trataron de presentarse ante los países del Tercer Mundo como  un país anti-colonialista, como el producto de la primera revolución anti-colonialista del continente americano. La competencia diplomática y política entre Occidente y Oriente en el Tercer Mundo favorecía a los movimientos de liberación nacional.

Ahora, con la desaparición del campo comunista, las inhibiciones tradicionales  que condicionaban al Norte en sus relaciones con el Sur, lógicamente se desvanecieron también. Este es el segundo gran cambio de la última década. Su expresión en el campo de batalla de las ideas ha sido un creciente asalto contra el principio de la soberanía nacional. Aquí el momento decisivo ha sido la guerra de los Balcanes en 1999.  La agresión militar contra Yugoslavia lanzada por la OTAN fue abiertamente justificada como una superación histórica del fetiche de la soberanía nacional, en nombre de valores más altos –o sea, en nombre del valor de los derechos humanos. Desde entonces, un ejercito de juristas, filósofos, e ideólogos  han construido una nueva doctrina de ‘humanismo militar’,  buscando demostrar que la soberanía nacional es un anacronismo peligroso en esta época de globalización, y que puede y debe pisotearse para  universalizar  los derechos humanos, tal como estos son entendidos por los países mas avanzados y, por supuesto, ilustrados. Desde el punto de vista del primer ministro británico -el social-demócrata Blair- hasta el punto de vista de filósofos liberales celebres como John Rawls, Jurgen Habermas y/o Norberto Bobbio, se sostiene que existe una nueva ‘ley de los pueblos’ –ese es el titulo exquisito del ultimo libro de Rawls– que esta siendo preconizada para legitimar e incentivar intervenciones militares por parte de los ‘pueblos democráticos’ –otra expresión esplendida de Rawls– y con el fin de llevar la libertad a los pueblos ‘no-democráticos’. Hoy, en Iraq, vemos el fruto de esta “apoteosis” de los derechos humanos.

 Así, se puede decir que en el campo de ideas, la nueva hegemonía mundial esta basada en dos mutaciones fundamentales del discurso dominante de la época de la Guerra Fría: primero, la promulgación del capitalismo, declarado como tal, no simplemente como un sistema socio-económico preferible al socialismo, sino como el único modo de organizar la vida moderna concebible para la humanidad, para siempre. Segundo, la anulación abierta de la soberanía nacional como  clave de las relaciones internacionales entre los estados, en nombre de los derechos humanos. Podemos dar cuenta de una conexión estructural entres estos dos cambios.  Pues un reino ilimitado del capital – es decir de los mercados financieros contemporáneos – presupone una cancelación de hecho de muchos de las prerrogativas clásicas de un estado nacional que  pierde su capacidad de controlar la tasa de cambio, la tasa de interés, su política fiscal y finalmente la estructura misma de su presupuesto nacional. En este sentido, la anulación jurídica de la soberanía nacional -en provecho del humanismo militar– completa y formaliza un proceso de erosión ya bastante avanzado.

Pero hay un tercer cambio, el más inesperado, que se delinea hoy en día. Mientras el neo-liberalismo ofrece un marco socio-económico universal, el humanismo militar  propone un marco político universal. Ahora bien, ¿son suficientes, estos dos transformaciones ideológicas, para constituir una nueva hegemonía mundial? No, porque una hegemonía exige algo mas, exige la existencia de una potencia particular que organice y haga cumplir las reglas generales del sistema.  En una palabra, no hay hegemonía internacional sin estado hegemónico.  Esto ha sido uno de los puntos fundamentales tanto de la teoría marxista de la hegemonía forjada por Antonio Gramsci, como de las teorías anteriores del Realpolitik alemán –cuyo matiz político en cambio era  conservador-.

Una potencia hegemónica tiene que ser un estado particular -con una serie de atributos que, por definición, no pueden ser compartidos por otros estados, dado que son estas peculiaridades las que precisamente lo hacen una súper-potencia por encima de los otros estados. Un estado particular capaz, pues, de desempeñar un papel universal como garantía del “buen funcionamiento” del sistema.

Desde 1945 esta potencia ha sido los EE.UU. Pero con el colapso del bloque soviético, el ámbito de su hegemonía se ha extendido enormemente, volviéndose por primera vez verdaderamente global.

¿Como se articula, entonces, esta nueva prepotencia norte-americana con las innovaciones ideológicas del neo-liberalismo y  del humanismo militar? En la forma – que hubiera sido impensable solamente algunos años atrás – de una rehabilitación plena y cándida del imperialismo, como un régimen político de alto valor, modernizante y civilizador. Fue el consejero de Blair en materias de seguridad nacional, Robert Cooper, una especie de mini-Kissinger de Downing Street,  que inicio esta transvaluación contemporánea del imperialismo, dando como ejemplo conmovedor el asalto de la OTAN contra Yugoslavia.  Después el nieto de Lyndon Johnson, el jurista constitucional y estratega nuclear Philip Bobbit (coordinador de los servicios de espionaje en el Consejo Nacional de Seguridad de Clinton) con su libro enorme El Escudo de Achiles, perjeño la teorización mas radical y ambiciosa de la nueva hegemonía norteamericana. Hoy, artículos, ensayos y libros, celebrando el Impero Americano –típicamente embellecidos por largas comparaciones con el Impero Romano y su papel civilizador– caen en cascadas de las imprentas en los EE.UU. Se debe subrayar que esta euforia neo-imperialista no es un exceso efímero de la derecha norte-americana; hay tanto demócratas como republicanos en el rango de sus próceres. Para cada Robert Kagan o Max Boot por un lado, hay un Philip Bobbitt o Michael Ignatieff por el otro. Sería un error grave ilusionarse que es solamente con Reagan o  con los Bush que estas ideas han crecido; no, también Carter y Clinton, con sus Zbigniew Brzezinskis y Samuel Bergers al lado, han jugado un papel igualmente fundamental en su desarrollo.

Si -dicho en paréntesis- tanto el neo-liberalismo como el neo-imperialismo han sido políticamente bipartidarios en los EE.UU, y también en su aliado mas  estrecho el  Reino Unido,  no es que el papel de la Centro-Derecha y de la Centro-Izquierda ha sido idéntico en su emergencia y consolidación.  En ambos casos,  hubo una breve pero significativa  iniciación del fenómeno por la Centro-Izquierda, seguida por su ampliación dinámica bajo la Centro-Derecha,  y finalmente de su estabilización como sistema normal por la Centro-Izquierda. Así, el monetarismo neo-liberal se inicio en el Norte bajo los gobiernos de Carter y Callaghan en los tardíos años setenta; fue dinamizado y ampliado enormemente bajo Reagan y Thatcher; y finalmente afianzado como rutina con Clinton y Blair. De modo análogo, las primeras iniciativas audazmente neo-imperiales fueron conformadas en Afganistán por  Brzezinski; extendidas a Nicaragua, Granada, Libia y otros sitios bajo Casey y Weinberger; y fueron normalizadas como sistema, en el Medio Oriente y en los Balcanes por Albright y Berger. Ahora, en un segundo turno, hay una ampliación y radicalización -más allá de los mandos de Clinton- bajo Bush. Podemos esperar, si fuese  elegido un Presidente Demócrata en el año próximo, que las nuevas fronteras de las operaciones neo-imperialistas  establecidas por  Rumsfeld  serían consolidadas como los parámetros normales de la hegemonía norteamericana en el futuro, aunque con  un retorica mas mansa y llorosa que la republicana.  Todo pasa  como si cada vez  que el sistema  “se atasca” con la Centro-Izquierda, acelera a  toda velocidad con la Centro-Derecha, y luego regresa a una  velocidad estable, de crucero, una vez más con el Centro-Izquierda.

Ahora, si tales son hoy en día los rasgos principales  de la nueva hegemonía mundial en el campo de batalla de las ideas, ¿donde se localizan los principales focos de resistencia a esta hegemonía, y que formas específicas toman? Si miramos al escenario político global, podemos distinguir tres zonas geográficas distintas donde aparecen reacciones adversas a la hegemonía norte-americana.

a. Europa: resistencia tibia, de raíz cultural pero sin oposición política-económica concreta.

En los inicios de este año, Europa ha visto las manifestaciones callejeras más grandes de toda su historia en contra de la guerra que se preparaba en el Medio Oriente.  En España, Italia, Francia, Alemania, Inglaterra, millones de personas han expresado su oposición a la invasión de Iraq, como también muchos ciudadanos norteamericanos mismos. Pero el centro de gravedad del movimiento pacifista internacional ha sido innegablemente europeo. ¿Cuanta esperanza se puede tener en esta importante reacción de la opinión publica europea?  No fue este un impulso inmediato o efímero, pues la  hostilidad continua a la política de la Casa Blanca sigue apareciendo reflejada en todos los sondeos posteriores a la guerra, como también en un torrente de artículos, manifiestos e intervenciones en los medios masivos de comunicación de los principales países del continente. Un tema concreto de esta ola reciente de anti-americanismo es la afirmación de una identidad histórica, propia de las sociedades europeas y absolutamente distinta de la de los EE.UU.  El filosofo Habermas y muchos otros intelectuales y políticos europeos teorizan esta diferencia como un contraste de valores –Europa sigue siendo socialmente mas responsable con su estado de bienestar, mas humana con su negativa a sostener una legislación punitiva como la pena capital, mas tolerante y menos religiosa en sus costumbres, mas pacifica en sus relaciones exteriores, que América el Norte-.

¿Como evaluar a estas pretensiones?  Es claro que el modelo capitalista europeo ha sido, desde la Segunda Guerra Mundial, mas regulador e intervencionista que el norteamericano, y que ningún estado europeo, y aun menos la Unión Europea, goza de un poder militar lejanamente comparable con el que esta a disposición de Washington.

Pero hoy en día el neo-liberalismo reina en todas las sociedades europeas con los mismos lemas que en el resto del mundo –en términos de reducción de los gastos del estado, disminución de los beneficios sociales, desregulación de los mercados, privatización de las industrias y los servicios públicos-.

En este sentido, las diferencias estructurales entre la Unión Europea y los EE.UU son cada vez menores. Lo que aparece es una vaga noción que da cuenta de la existencia de una distancia cultural entre dichas unidades políticas, aunque obviamente, las sociedades europeas se encuentran, cada año que pasa, más subordinadas a los productos de Hollywood y de Sillicon Valley. Sin embargo, esta distancia o reacción cultural a la que hacíamos referencia anteriormente constituye una base muy débil en términos de una resistencia política duradera frente a los EE.UU.  Eso se ve muy claramente en el hecho de que la mayoría abrumadora de los manifestantes contra la guerra de Iraq han apoyado fervorosamente la guerra contra Yugoslavia, cuya justificación y modus operandi eran mas o menos idénticas –la diferencia principal que se presenta es que entonces el presidente era Clinton, un demócrata suntuoso y efusivo con el que tantos europeos se identificaban, y no el republicano Bush, que les parece un  vaquero inaceptablemente hosco y rustico.-  En otras palabras, no hay oposición de principio contra el neo-imperialismo en estos medios europeos; solamente hay una aversión “de etiqueta” contra su mandatario actual.  Por ello, no es casual que después de la conquista de Iraq, el movimiento pacifista europeo se encuentre en una situación de reflujo, aceptando el hecho consumado, y sin expresar algún tipo de manifestación significativa de solidaridad con la resistencia nacional a la ocupación.  A esto se suma el hecho de que los gobiernos europeos que se han opuesto inicialmente a la invasión de Iraq  (tal como Alemania, Francia y Bélgica) se han rápidamente acomodado a la conquista, buscando reparar tímidamente sus relaciones con Washington.

b. Medio oriente: directo y radical, pero sin un proyecto social antihegemónico claro.

Pasemos ahora al Medio Oriente mismo. Aquí, el escenario es totalmente distinto, pues se combate armas en mano contra la nueva hegemonía mundial. Tanto en Afganistán como en Iraq, a la conquista–relámpago norteamericana le siguió una resistencia guerrillera tenaz en el espacio territorial, la cual sigue causando dificultades serias para los EE.UU. Además, no hay la más mínima duda del apoyo masivo de la opinión pública árabe de toda la región respecto a estas luchas de liberación nacional contra los ocupantes y sus títeres. Sería sorprendente si el mundo árabe no reaccionara de tal modo frente a las agresiones norteamericanas, dado que estas se desarrollan en una zona ex-colonial que experimenta cada día, con la bendición de Washington, la expansión del colonialismo israelí en los territorios palestinos. Este trasfondo histórico separa desde el principio el modo en que se lleva a cabo la oposición árabe y la oposición europea en relación a la nueva hegemonía mundial, y para esto hay que tener en cuenta que diversas potencias europeas fueron ellas mismas los colonizadores originales de la región. Pero hay dos factores más que  diferencian la resistencia árabe de la europea.  Aquí también entra en juego un contraste cultural con la súper-potencia, el cual es mucho mas profundo porque se sostiene en una religión milenaria, el islam.  El islamismo contemporáneo, con toda la variedad de sus matices, es infinitamente mas impermeable a la penetración de la cultura e ideología norteamericana que la vaga identidad bienestarista de la que se jactan lo europeos.  Como lo hemos visto repetidamente, aquel es capaz de inspirar actos de contra-ataque de una ferocidad sin par.

Además, esta antigua fe religiosa se conjuga con un sentimiento absolutamente moderno de nacionalismo moderno, rebelándose contra las miserias y humillaciones de una zona regida durante décadas por regímenes feudales o títeres corruptos y brutales. La combinación de lo cultural-religioso y de lo nacional hace de  la resistencia islamo-arabe contemporánea una fuerza que no se agotara fácilmente. Pero al mismo tiempo, esta tiene sus límites. Le falta lo social – es decir una visión creíble de  una sociedad moderna alternativa a lo que busca imponer  en el Medio Oriente la potencia hegemónica-. La Sharia no es una idea capaz de enfrentar los retos del neo-liberalismo. Mientras tanto, siguen oprimiendo sus pueblos los diversos regímenes tiránicos y atrasados de la región,  todos – sin excepción alguna – prontos a colaborar con los EE. UU como ha demostrado ad libitum la Liga Árabe, y la experiencia de la primera guerra del Golfo.

(FIN PRIMERA PARTE)