Pensando la Polis desde la Jungla

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La bicicleta roja

Escáner psicológico de un médico pueblerino.

Narrativa breve/Por Roque Maleza

A Lucho Pastilla en el pueblo lo conocen todos, lo respetan pese a que nadie entiende muy bien que pasa por su cabeza cuando lo ven caminar bajo los sauces fumando su pipa, dialogando con el viento o con algún zorzal que pasa raudo por allí. Esa costumbre viene desde hace tiempo, es más, Luis está convencido de que fue él quien comenzó con la moda de caminar por la calle hablando solo. Luis, desde antes de llamarse Lucho Pastilla, creía que las “manos libres” no podían ser un invento de la industria coreana de telefonía móvil; fueron, desde siempre, el mejor regalo divino.

Aquel apodo se hizo suyo desde que llegó al pueblo en aquella vieja micro amarilla desechada, como él, por la pragmática renovación capitalina. Antes de subirse a aquel destartalado autobús, solía escuchar Alice in Chains y leer de vez en cuando a Cortázar mientras se calentaba los pies en la cama. El café humeante en su velador llenaba con el aroma de cafeína sintética la totalidad de la habitación mientras, interrumpido por un cabeceo arrítmico, se recomponía y se reanimaba a abordaba la página 234 de la que era su segunda lectura (en nuevo orden) de Rayuela.

El tabaco con el que acostumbra llenar su pipa es el Aconcagua corriente, aquel que se vende en cualquier quiosco a no más de 800 pesos. Claro que en las escasas esquinas de Riñihue, donde los perros aúllan también solos, no abundan los quioscos y por ende tampoco la posibilidad de obtener su preciado tabaco color café claro. En momentos álgidos, de frío extremo, desbordes de lago y anegamiento del puente que cruza el río San Pedro, pueden pasar semanas o incluso meses sin que saboree su preciada sustancia de hojas molidas. Pero en períodos de angustia, cuando una pipa solapada parece la única solución, o la mejor compañera ante tantas preguntas y tan pocas respuestas, Luis ha optado por llenarla (a regañadientes) con una que otra colilla de cigarrillo pisoteada /que cual huella dactilar conservan parte de la suela de sus bototos embarrados/ y que siempre se pueden encontrar en el perímetro más próximo a la salamandra.

La primera vez que lo vi fue cerca de la facultad. Nunca dejó de llamarme la atención esa antigua bicicleta cubierta apenas de una rojiza capa de pintura ya rendida frente al oxido rebelde y persistente. Aparecía sagradamente estacionada en el mismo lugar y a horarios similares: en la entrada de aquel almacén de barrio con su manubrio cuidadosamente apoyado en la frutera, cerca del medio día. El contraste del delantal blanco colgado entre los fierros de la bicicleta, con el anaranjado de las mandarinas y el verde de las paltas de Santa Cruz, me hacían creer, absurdamente, que esa imagen ya la había visto en alguna postal adherida a un refrigerador ruidoso y amarillento.

En las mañanas de Riñihue, la helada cae de golpe, la ventana parece una pared blanca y los campos se parecen más al cielo que a la tierra. Luis, mientras ruega que hoy pase algo diferente, algo noticioso que le permita quedarse en cama unos minutos más, mira por la ventana y ve lo mismo de todos los días, entonces, entrando poco a poco en razón, entiende que no ha ocurrido nada extraño que pueda quebrantar su rutina y que debe levantarse, como todos los días, casi en mitad de la fría madrugada.

Mientras quiebra con ambas manos unas astillas y prende más fácil de lo esperado la salamandra aun tibia, ya tiene en mente las dos y a veces hasta tres tazas de café que                      no sin culpa está consumiendo cada mañana. Como el tiempo le ha enseñado que                         respetar una estructura mañanera trae más beneficios que manías, Lucho Pastilla opta por levantarse, contraproducentemente, una o dos horas antes de los necesario. Las astillas, el café, los calcetines de lana, el segundo café, el queso fresco y a veces el fatal y tercer café, son demasiados requisitos para una mañana improvisada.  La pipa, eso sí, la respeta hasta medio día, antes de aquel meridiano sólo la mira o la acaricia con los ojos.

Esa costumbre, la de la pipa, que fue adoptando con el tiempo (y sus imperativos categóricos), no se debía a meras razones estéticas, mucho menos de experticia en la valoración del tabaco puro, a Luis simplemente, y por una razón netamente práctica, le acomodaba tener su bolsa de tabaco en el mismo cofre sobre el velador que lo había acompañado (como muy pocas cosas) en su llegada al Sur. Por lo demás, fumar cigarrillos no sólo era más caro, sino que también le significaba salir a difíciles horas de la noche a recorrer las barrosas calles del pueblo para golpear, con más fe que certeza, la apenas visible madera de las puertas forradas con los carteles de bebidas alcohólicas y dulces para niños, de los dos almacenes que vendían su preciado tesoro. Y Luis, no estaba dispuesto a resfriarse o desvelarse por un Derby suelto o un Philip Morris en su peor versión. La pipa apareció entonces como la solución a todos sus arrebatos pulmonares y de paso como bálsamo para su ansiedad. Por si fuera poco, pensaba que como los cigarrillos suelen perderse y él vivía en la más solemne soledad, no tendría  a quien preguntarle si se los había fumado o si los había visto en alguna parte.

¿Qué hace un delantal blanco colgando de una bicicleta rendida? Aunque siempre me pregunté lo mismo, nunca encontré la respuesta o la real importancia de obtenerla. Pero un día, mientras escogía algunas manzanas, quedó frente a mí el ya clásico delantal colgando de la sempiterna bicicleta color rojo-oxido;  sin proponérmelo leí: “Luis Salvador Mattó. Doctor Practicante”.

La decisión de irse a Riñihue estaba timbrada en su memoria y soldada en sus deseos desde hace más de 6 años. “el Sur es mi Norte” solía decir mientras empinaba un vaso de ambiguo vino tinto y buscaba el encendedor en el bolsillo de su camisa para prender un cigarrillo.

En aquel trozo de Sur escogido por él, el río Enco es el que alimenta la mayoría de los siete lagos que existen en la zona. Lucho Pastilla no los conoce todos, pero sus pensamientos naufragan permanentemente por sus corrientes caudalosas. Sabe que es una irresponsabilidad turística no haber transitado una sola vez por cada sendero o ruta vagabunda, pero se siente justificado por el simple hecho de no considerarse un visitante. Pues aunque en el pueblo (como en la mayoría del mundo moderno), solían endiosar su profesión, Lucho pastilla se veía a sí mismo como un lugareño que desempeñaba una función tan importante y normal como cualquier otra. A Luis no le preocupaba mayormente la responsabilidad que significaba ser el único medico en 200 kilómetros a la redonda; para él aquello se trataba más de una consecuencia natural del destino o una acertada predicción astrológica, que de una incongruencia perfectamente explicable por la ineficiencia política o la extrema centralización de los recursos públicos.

Hubo un tiempo en que al Lucho Pastilla no le decían así. Lo nombraban simplemente por su nombre o en el peor de los casos se escuchaba un festivo “¡guena loco Luis!” por los patios grises y sin árboles de la facultad. Por entonces, era reconocido por muchos de sus compañeros por vestir casi siempre de un sepulcral negro y mucho menos formal de lo que la mayoría de los estudiantes de medicina acostumbraban. El permanente color obscuro de sus prendas hizo que más de algún estudiante de cursos inferiores lo reconocieran como “el ajedrez” en referencia al contraste que se hacía con su bata blanca. Pese a que los sobrenombres (algunos más ingeniosos que otros) habían perseguido inagotablemente la historia de Luis, él, como solía decir, no se aproblemaba por tonterías de “niños de pecho jugando a la universidad”.

Como esos temas parecían pequeñeces sin sentido para quien prefería refugiarse en las narraciones extraordinarias de Allan Poe y en uno que otro pitillo de dudoso café oscuro; nunca se imaginó que el último apodo que recibiría sería el de Lucho Pastilla.

¿Por qué lo llamaban así? Las malas y buenas lenguas dicen que su particular sobrenombre se debía a que en su función de medico pueblerino se dedicaba, como ningún otro, a recetar y entregar distintos fármacos en grandes cantidades, indiscriminadamente y para el mal que fuese. Incluso, según sigue el relato, fue el “Tito cochino”, un borracho conocido por todos en el pueblo por comerse las palomas asadas y de paso inundar con su olor toda la plaza pública, quien un día en medio de una fiesta de la junta vecinal le entrego de regalo una infantil porotera, exclamando frente a todos: ¡ahí tení Lucho pastilla pa que tirí tus pildoritas a la chuña y con mejor alcance! desatando una risotada en casi la  totalidad de los asistentes.

Quien ni siquierasonrió, pero tampoco sintió tipo alguno de compasión o vergüenza ajena, fue Maray Araya, la hija mayor de un viejo peón de fundo que vivía en la rivera del río Mayor. A Maray se le conocía en el pueblo no sólo por ser la hija de quien fuera el más intachable dirigente del sindicato de trabajadores de la Cooperativa Lechera de Renaico, sino también, por su provincial belleza y sus negros cabellos que descendían en semicorchea hasta la tonalidad tenue de su cintura dorada.

Muchos de los jóvenes de Riñihue la nombraban bajo la bella simbiosis lingüística de “morelinda”. Probablemente, quien le inventó aquel sobrenombre, no pensó nunca lo que una palabra bien dicha puede llegar a producir. Una vez que Lucho Pastilla escucho ese apodo, aquella casuística comunión de letras no volvió a escaparse nunca de su cabeza.

Un año antes de aquel suceso Luis subió a aquella micro (que como él se había vuelto incompatible con la ciudad agitada y violenta), se acomodó, como de costumbre, en el ultimo asiento pegado a la ventana del lado del conductor y abrió, casi instintivamente, aquel deteriorado libro que aún conserva de Tellier, para encontrar, por fin en sus versos, todo el aroma a provincia que no hallaba en el mercado, el cementerio o  la panadería más cercana. Es que Luis buscaba provincia en cada poema o en cada canción que se escuchaba a lo lejos. Y pese a que se consideraba un sujeto retraído, tenía un carisma que lo hacía obtener una comunicación natural y sencilla con cuanto objeto, animal o árbol se le pusieran en frente. Era por antonomasia leñador, escritor de arreboles, adicto al café, al queso fresco y a los libros.

También le gustaba ducharse con la puerta entreabierta para que las canciones de un vejo casete de Sui Generis inundaran poco a poco el húmedo baño mientras el vapor se deformaba, pareciendo bailar, por culpa de la sinfónica corriente de aire gélido que entraba por la angosta abertura. Una vez afuera de su concierto subacuático y vestido con su toalla que hace décadas había dejado de ser blanca, procedía a cumplir con un ritual del que solo él se acreditaba un honorable merecedor: prender la pipa frente al ventanal mientras la lluvia golpeaba el reflejo de su rostro en el vidrio empañado. Ese era un privilegio que se guardaba solo y únicamente para los días festivos o la temporada de carnaval interno.

Nuestro hombre, era en realidad pastillero por accidente, pues aunque mantenía ciertas dudas respecto a la industria farmacéutica, no le quedaba otra que ayudar a sus coterráneos con esas “pepitas de colores” que tan mala fama le habían hecho en el pueblo. Luis sabía que hacia un mal, pero prefería ignorarlo, pues aunque no conocía otra forma de ejercer su profesión, tampoco creía que él era el indicado para ejercer maniobras propias de un curandero o chaman precordillerano.

Cuando su sesión de psicoanálisis invernal frente al ventanal concluía,  obtenía, la mayoría de las veces, observaciones absurdas, rebuscadas o insospechadamente hirientes. Inclusive, ciertos días, su autodiagnóstico era tan drástico que sus pies entumecidos lo llevaban, toalla en la cintura, a recostarse nuevamente sobre la cama para intentar no pensar en nada y simular, tal como lo enseñaban los tratamientos para la depresión en la sociedad metropolitana, que padecer acostado es la mejor forma de sobrellevar la fútil carga de existir.

Pero había una pesada idea que lo acompañaba (tironeándole el delantal) hasta el consultorio casi todas las tardes: el considerarse un hombre apolítico. Él sabía que algo andaba mal con eso, que no podía pensar la realidad desde su ventana y que difícilmente el mundo podía girar únicamente en torno a su salamandra. Por eso, muchas veces hizo el intento madrugador de enfrentarse a una antigua selección de textos sobre marxismo que un viejo amigo le había regalado hace algún tiempo, pero siempre, tarde o temprano, caía rendido frente a la lectura rígida de esos manuales soviéticos y del trato ecléctico de conceptos tan manoseados. Por si fuera poco, se declaraba ignorante sobre las layes del mercado que tan diabólicas resultaban para algunos y tan imperecederas y necesarias eran para otros.

Toda esa erupción sobre su naturaleza de hombre político y su realidad de hombre ensimismado y desterrado, lo llevó, hace ya incontables años, a fabricar panfletos anónimos que nunca entregaba a nadie.

Intentaba explicarse ese extraño oficio con el convencimiento de que era una “compensación” con la cual llevar /y llenar/ el vacío que su escasa conciencia social le dejaba cada domingo después de almuerzo.