Pensando la Polis desde la Jungla

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Intihuatana / Donde se amarra el sol.

Por Roque Maleza.

 “y descubrió, complacido por lo sorprendente, que ya no marchaba al paso habitual de la ciudad, y que caminaba por la huella de esos lugares con ese andar natural de los que consiguen hacerlo después de mucho esfuerzo” J. London.

Hoy desperté en aquel bus y me vi solo, como en ruina (palabra que se repetiría en mi itinerario extraviado), o en descomposición. Absorto de una transición distinta, de lo malo hacia lo bueno.

Fui por la mañana mi propio y único dueño, me pertenezco, y soy desde hoy, más que nunca una responsabilidad para mis pies sin zapatos lustrados.

Habérmela conmigo mismo es la primera bofetada del viaje, un golpe duro que luego de remojarse el rostro en el Terminal de llegada, se vuelve lentamente sutil caricia.

Aquí hay caos vivo, desorden, contrapuestos que bailan la misma tonada de un pueblo golpeado.

Las personas se esconden, me rehúsan…la prestancia se la llevo hace siglos el río o se fue caminando de la mano con el viento.

Todo sabe a mestizaje forzado, el origen indígena pugna contra el consumismo citadino y la necesidad estomacal de servirse de el. Corroe por los acueductos el individualismo importado a sablazos. El Perú vive en un caos vital, aquí todo baila en contradicción para los ojos del viajero que esta acostumbrado a la uniformidad, aquí choca la civilización mas hermosa de Nuestra América con el consumismo moderno, los templos de adoración al sol, con las iglesias católicas rebosadas de feligreses…

La tierra convive con el cemento, los pies descalzos corren por la misma vereda que los pies tapados de zapatillas fluorescentes.

Me he encontrado con una ciudad inimaginable, un mundo que pese a su permanencia atreves del tiempo se abre nuevo, cada vez único. Su potencia recae en el alma coma la más grande de sus piedras (esta ves sin graffiti)

Aquí el tiempo también es sagrado, y se necesita la sagacidad de un puma y la tranquilidad de una mamita cansada para poder caminar todas sus rutas sin que el apremio de los días perturbe el sendero no-elegido. El caminar como viajante (no como turista) implica una doble responsabilidad: intrometerse en los cauces subterráneos de los lugares, ser parte de su cultura y cotidianeidad…caminar sin mapas ni guías.

Los seres humanos, los verdaderos arqueólogos de este viaje, me enseñan mucho de su morena alegría, (su personalidad, a ratos sumisa o temerosa, se vuelve comprendida si se abre la historia de 700 años de subordinación a imperios mayores de incas, españoles y anglosajones).

Los mates inundan el espectro aromático, los colores del cielo se confunden con la bandera andina que posa igualmente en tiendas de mercancías outdoor y ferias artesanales. En el mercado penan las almas de las truchas, los cuy, e incluso las alpacas, hoy en ollas y sartenes. Las arrugas posadas sobre el caldeado cemento mestizo duelen en el vientre, y las hojas de coca no solucionan el mareo que produce ver a los de cabeza amarilla dormir en sabanas de seda que nunca verán los verdaderos dueños de la tierra.

El socialismo indígena esta moribundo y gatea entre ferias disfrazada de trueques en Pisac o Chinchero…

Las catedrales barrocas construidas por la conquista española (luego de robar miles de kilos do oro y plata y asesinar a 8.000.000 de indígenas) no dan sombra, ni tampoco tienen oro en sus vitrinas, pues ha sido cambiado por pintura dorada dejada en prenda por lo llevado a los santuarios católicos de Madrid o Pamplona.

 

Pero Cuzco enamora, y enamoró a la primera familia Inca para ser el centro del Tewantisuyo, (el territorio incaico que abarcaba casi toda Sudamérica, incluyendo el norte y centro de Chile)[1]

¡Cuzco enamorado, con tu oro desterrado y tu lengua en penumbras…sigues siendo tu el que a América ilumina!

El mayor muro incaico que he observado ha sido el compuesto por los rostros andinos golpeados y acariciados por las dos manos del mismo dios, no se necesita ticket de turista para saber que el sincretismo cultural esconde más martillos que eucaristías.

Si lo sagrado es aquello que tiene vida, ¿Cómo no ve el necio el espíritu de las piedras?

La vida se posa como un ánima perniciosa, vida o muerte son palabras de la misma oración quechua.

 

Las hojotas no están sucias de tierra, están cubiertas de madre.

 

 


[1] LA LEYENDA DE MANCO CÁPAC Y MAMA OCLLO
Esta leyenda fue narrada por el Inca Gracilazo de la Vega, en sus Comentarios Reales. En ella dice que el Sol, compadecido por el estado de salvajismo en el que vivían los hombres, hizo salir del lago Titicaca a una pareja de hermanos y esposo: Manco Cápac y Mama Ocllo.Ellos recibieron el encargo de dirigirse hacia el norte llevando una vara de oro, la cual periódicamente debían tratar de hundir en el suelo hasta encontrar un lugar donde la vara entrase fácilmente y pudieran establecerse. Esto ocurrió al pie del cerro Huanacaure, donde convocaron a todos los pobladores de las áreas vecinas. Allí, los convencieron de su origen divino e iniciaron su labor civilizadora. Manco Cápac enseño a los hombres a cultivar la tierra sembrar maíz, hacer canales de riego y construir sus casas. Mama Ocllo enseñó a las mujeres a hilar y tejer para hacer vestidos de lana y algodón.